domingo, diciembre 27, 2009

Volver


Foto: I.N., Un joven sin cabeza sentado en un parque, Perpignan, 2009
Se acabó mi fuga navideña, por necesidades presupuestarias y otros requerimientos. Lo he pasado muy bien, andando bajo árboles gigantes, viajando en trenes (cuando la huelga lo permitía) por Languedoc, visitando un museo que monta bien sus exposiciones, saboreando deliciosas ensaladas que aquí no existen, y sobre todo, calmando mi pobre espíritu envilecido en BCN, ya que deambulaba por ciudades donde no hay basura en el suelo, sino sólo aire y lluvia, donde la gente no grita en la calle ni en ningún sitio (el otro día comíamos en un restaurante atiborrado, con esa avaricia del país vecino -eso sí- que les lleva a aprovechar cada milímetro de espacio, de forma que apenas puede uno llegar a su sitio sin empujar al de al lado, y sin embargo, ¡no oíamos las conversaciones ni siquiera de las mesas contiguas! No oíamos a los niños, que los había, pero educados, a diferencia de lo que ocurre por estos lares), y ni siquiera los grupos de adolescentes que salían de noche alzaban la voz en la calle, y donde no cortan los árboles como aquí, sino que les dejan crecer a su aire y los cuidan como algo valioso.
Lo he pasado bien refugiada en periódicos franceses (en un artículo de Libé, un arquitecto explica los planes de plantar aún más árboles en París para combatir el cambio climático y explica que han comprobado que en los veranos muy calurosos hay 8 grados de diferencia entre París y la banlieue y sólo se deben a los árboles, la verdure, como dicen ellos, de modo que se proponen plantar más en esos barrios... Yo leía y comparaba tristemente a la política municipal de aquí, que incluye la tala de todos los plátanos -el 70% de árboles de la ciudad-, la tala de la Diagonal, la tala de todas las arboledas elegidas para la ampliación de la línea 9, ya que aquí, al contrario que en París, no hay que preservar árboles, ni patrimonio, sino parkings, lo único que valoran nuestros políticos municipales-, sin poder evitarlo), refugiada en tiendas francesas (yo encuentro tesoros en los supermercados gabachos, tienen las cosas que me gustan a mí... Además de los precios... Curiosamente, las farmacias francesas son más baratas que las de aquí, un paquete de kleenex vale 0,30 euros en una farmacia francesa y 0,70 en una española, ¿por qué?; los medicamentos homeopáticos valen una tercera parte (tres cajas de oscilococcinum por el precio de una española, los productos de herbolario y naturopatía también, y no digamos las verduras: las lechugas y tomates son mucho mejores y con mejor precio, los alimentos biológicos -o ecológicos o dietéticos o como quieran llamarlos- están también en los supermercados, y los panes negros de semillas y levadura madre, y hay mucha más variedad de todo, tés maravillosos, infusiones de verbena en todos los bares...), en librerías; cualquier pequeña ciudad tiene librerías interesantes y hospitalarias donde pasar horas entre libros y en cuanto al paisaje humano, me parece francamente mucho más sugerente. De modo que lo he pasado estupendamente, he retratado árboles gigantescos que pondré por aquí, árboles que reinan, se estiran y arquean en danzas asombrosas, árboles que parecen recorrer parques y calles a grandes zancadas en cuanto una se da la vuelta.
Celebramos nuestra no-navidad en un lugar civilizado, donde no era obligatorio someterse a ritos familiares, donde parejas o gente solitaria o amigos cenaban también sin más en la terraza de un restaurante, protegida y caldeada por las estufas, para placer de fumadores...
En cuanto a Perpignan o Perpinyà, era un paisaje de mi infancia. Cuando vivíamos en Figueres, lo comprábamos casi todo allí y era tan distinto el mundo rico y pétillante del otro lado de la frontera del triste y pobretón cutrerío de la España franquista... Para mí aquel era el mundo, el mismo que representaba la televisión, pues sólo veíamos la francesa (L'homme invisible!), el mundo libre y humano, el mundo de la cultura y del chocolate y las galletas... Como aquella visión de Le Boulou, que un día comentaba L.: al lado español, un colmado cutre y triste, con dos o tres productos rancios, estilo el de Manolito de Mafalda, y al lado francés, uno lleno de mil variedades de galletas y yogures y chocolates y tantas otras cosas, y yo siempre me preguntaba quién compraría en el lado español... Y más adelante, en la adolescencia, íbamos a comprar los libros del Ruedo Ibérico o a ver películas prohibidas que no pescáramos en aquellos improvisados cine-fórums. ¡Y no había vuelto! Pero algunos lugares despertaron mis recuerdos, como la cúpula acristalada de lo que ahora es la Fnac y antes eran unos almacenes que frecuentábamos, al fondo de la calle que se abre en la estación...
Y volvimos anoche, por suerte a la aún bonita estación de Francia (a pesar de ese suelo tan feo que le pusieron hace unos años), en lugar de la fea, grasienta y maloliente Sants. Eso sí, llovía a mares y no había un solo taxi. Tuvimos que esperar un buen rato para salir de allí, y yo, con la maleta, una bolsa de papel con mis libros, no me sentía con energía como para echar a andar bajo el agua, sin mano para sostener el paraguas.
En estos días sin ordenador he leído el melancólico e inteligente Botchan (compartiendo con él ese desencaje del mundo y disintiendo de quienes se empeñan a comparar a su narrador con el Holden Caufield de Salinger), y el aún más melancólico Kokoro, donde lo no-dicho, la reserva y el silencio se convierten en la parte más espinosa de la soledad, que acaba siendo dramática, y también he leído Obra suspendida de Evelyn Waugh, con esa deliciosa ironía suya y esa fluidez o ese dominio para contar lo que quiere, y su forma de burlarse del espíritu tacaño y mezquino de sus compatriotas y (a pesar de algunos momentos misóginos) su retrato de la mujer inteligente de la que el protagonista se enamora sin apenas esperanza, la mujer de su mejor amigo (¿que parece inspirado en Orwell?), ya augurando su Brideshead Revisited, una auténtica joya, que he leído bien traducida por María Maestro (con buen castellano, a pesar de algún anglicismo discutible, pero nada molesto, casi a reivindicar, como "puerta francesa" por French Window y en vez de la fea "puertaventana") y editada deliciosamente por Treviana. Quelle merveille. Me he reconciliado con Waugh, que me irritó en sus frívolos Diarios hace unos años. Y leí un trozo del arbóreo Un roi sans divertissement de Giono (me encanta la portada de Mylnikov que han puesto en la edición de Folio), y un poco del gracioso Saki. Reprimiéndome fuertemente, no me compré más que libritos diminutos, de esos que los franceses venden a 1, 2, 3 o 6 euros, algo inexistente en nuestro país, y autorizándome sólo libros que necesitara con urgencia para ayudarme a resolver mis problemas puntuales de escritura. Por ejemplo, La Parure y La Maison Tellier de Maupassant, y tres ensayitos de Stevenson que leeré absurdamente en francés, pero que Rivages poche (me encanta esa colección) había reunido como Devenir écrivain. Mientras, sigo leyendo Soshiro. Ah y me dieron ganas de comprarme esa serie psicoanalítica en 14 dvd's donde colaboran Elisabeth Roudinesco, François Roustang y tantos otros, Être Psy.
En cuanto a la foto de esta entrada, ¿qué puedo decir? Me cayó muy simpático ese pétreo joven sentado en el parque, melancólicamente descabezado, o con la cabeza en otra parte, tal vez en las nubes, como yo misma ("Hombre con los pies en el suelo u hombre con la cabeza las nubes, ésa es la alternativa". T.W. Adorno). Dice G. que ayer fue a buscar olas y que el mar estaba helado. En cuanto a la gata Gilda, se puso muy contenta de verme. Ah, cómo me ha gustado el artículo de Joan de Sagarra en La Vanguardia de hoy sobre la navidad y Francia... no puedo sentirme más afín y eso me hace gracia. Si hace veinticinco o veintisiete años, cuando coincidí con él en una mesa de banquete de unos premios culturales y se metió conmigo con su extraña ferocidad, me hubieran dicho que iba a compartir sus afinidades, no lo habría creído. Pero luego, su visión de la ciudad, su afrancesamiento, su manera de leer y de contarlo me han ido cautivando, hace un año o dos escribió sobre mi libro de una forma que no podía no gustarme, y aunque no comemos ni bebemos las mismas cosas, su artículo de hoy encaja perfectamente con mis interrogaciones no sólo sobre la navidad como un espíritu asociado a algo no familiar, sino a un país ajeno donde uno puede sentirse libre, o a la infancia. Y ese gato triestino llamado Maurizio, al que le gusta Bing Crosby... No se lo pierdan. Y me he reservado para este momento el artículo de su primo Enrique en El País.

martes, diciembre 22, 2009

Me voy

Foto: I.N., Pájaros refugiados en un pino del Parc Moragues, esta mañana (¡como una estampa japonesa!), 2009
Como siempre, me voy para huir de las navidades, que se me indigestan inevitablemente si me quedo. Sólo unos días, a ver llover en otro lugar, pero me llevo a Natsume Soseki y a Giono y mis cuadernos. Me gustaría dejar un regalo navideño para los francófonos y es la magnífica reflexión-interrogación sobre la felicidad (la joie, pas le bonheur) en Philosophie, el programa de pensamiento de Arte Tv, que se emitirá el 27 de diciembre pero que ya puede verse en Internet, aquí, donde Raphaël Enthoven y Marion Richez hablan de esa alegría paradójica a pesar del dolor del mundo, la felicidad efímera, el goce que se produce pese a todo y que puede darse incluso en pleno infierno, incluso en Auschwitz, como muestra el diario de Etty Hillesum, y van pasando de una imagen simbólica a otra, de Siberia a un Cristo que sonríe o a un cielo con nubes para su meditación sobre la joie. No puedo colgar el vídeo aquí, pero si pinchan en el link y entienden francés, pueden dar ese paseo con ellos y toda esa belleza y esprit.
Llueve y llueve y la gata Gilda duerme ovillada (como le gusta a Eph). Yo he seguido las indicaciones de mi acupuntora y me voy curando de mis pequeños males insidiosos para pasar mis no-navidades al otro lado de la frontera y suspender la incredulidad, es decir, la preocupación por lo material que me invade estos días, airearme un poco (olvidar un incidente perversamente navideño), pero sobre todo con la esperanza de que el desplazamiento me ayude a encontrar una vía, o más de una.
Dentro de nada estaré aquí de nuevo; eso si resisto la tentación de escribir algo más de hoy a mañana... Volveré muy pronto, antes de que acabe el año. Mientras, me hacía gracia poner aquí esa imagen de los pájaros refugiados de la lluvia (¿o tomando las aguas?) acogidos en uno de esos altos y desmañados pinos generosos del Parc Moragues... Antes de que los temibles políticos mutantes de Hereuville decidan talarlos también, yo voy fotografiando esos restos de belleza de la ciudad.

lunes, diciembre 21, 2009

Lunes de solsticio

Foto: I.N., Hojas bajo la lluvia, 2009
Es un lunes extraño, seminavideño, tal vez la noche más corta del año y yo lo he empezado andando, andando contra mi no-escritura, he visitado una librería donde nunca veo mis libros (les he comprado un Jean Giono, pero no L'homme qui plantait des arbres, esa maravilla de cuento para niños y adultos que debería correr a comprar todo el mundo como pequeño regalo de navidad y que ahora ha publicado Duomo en castellano, una pequeña joya a la altura de Mendel el de los libros de Zweig, sino Un roi sans divertissement, donde empieza hablando de un árbol maravilloso, un haya, y lo hace a la manera de Giono*), aunque me aseguran que han tenido algunos, y luego he llegado a otra que siempre estaba buscando, desde que unas navidades compré allí libros para G. y me gustó la librería y sus libreras, pero no recordaba la calle, y un día me la recomendó Francis, y leí el artículo donde celebraban sus 25 años de vida, y es la Gàbia de Paper. He quedado allí con B., que siempre tiene algún cameo en mis cuentos, como Hitchcock en sus películas, y que antes era mi vecina pero se ha cambiado a ese otro barrio y está feliz, porque a veces la gente necesita cambiar de aires. En la Gàbia de paper sí tenían mis cuentos, a la vista, y verlos allí, además de la hospitalidad de esas expertas libreras me ha alegrado la mañana. Tras comprar sendos libros (ella el mío, yo un Saki carrolliano), nos hemos ido al café de al lado, donde se fuma, y yo le he dedicado a B. mis cuentos y hemos hablado y despotricado. B. se preguntaba adónde iría, yo le he contado de un amigo común, de nombre numérico, que hoy me ha escrito: harto del Born y de Barcelona, se ha ido a vivir a Premià, monta a caballo y avista pájaros y contempla el mar todos los días, y B. me ha contado que su sobrino Johnny encontró unos socios griegos y ha montado un restaurante hispano en Tesalónica y está feliz (aunque Tesalónica es terrible y ruidoso, lo destruyeron con saña, le he dicho yo, pero las razones de cada uno son misteriosas y sé que él ve el mar desde su casa), y de una pareja de traductores que viven ahora en Marsella también con vistas al mar y pagan 400 euros por un piso que en BCN les costaría mil quinientos (aunque un amigo escritor, cansado de esa ciudad me contó que está cada vez más sucia). Luego he visitado la nueva morada de B., que pese a sus lamentaciones ha mejorado y es preciosa como todas sus casas, que ella construye como si fuese un oficio, y al fin la he dejado negociando con su hambrienta perra boxer (habían olvidado comprarle el pienso) y me he ido a buscar mi pan a Gràcia y luego a casa, fotografiando hojas de árboles bajo la lluvia.
Lo cierto es que esta mañana he tratado con un técnico de la calefacción que, pese a su arrogancia (es gracioso que uno pueda considerarse tan sabio y superior siendo técnico de calderas; convencido de que yo nunca podría entender el funcionamiento de un termostato), me ha propuesto un método más "científico": compre un termómetro de mercurio y cuélguelo en su casa y obsérvelo durante tres días, para ver si coincide con la temperatura que marca la caldera. Para eso he tenido que ir a mi ferretería preferida, donde tengo que reprimirme fuertemente para no comprarlo todo, animada por el lugar y la cortesía y eficiencia de los empleados. Pero el termómetro me muestra lo que yo ya sabía, que la caldera necesita mucha más potencia para lograr lo que antes se lograba al mínimo y eso supone más dinero para la compañía del gas y menos aún para mis ya menguadas arcas.
Me he puesto a escribir de Jean Rhys para mi ensayo, mientras cada cinco minutos llegaba una felicitación navideña de editoriales, y al cabo de un rato me ha llamado Gabriela Wiener y me ha propuesto un trabajo inverosímil, porque era para ya mismo: escribir una breve columna sobre un músico que conozco, un retrato personal, que he titulado "Una instantánea de Alfonso Vilallonga" y la he escrito en un tiempo récord: ya aparece colgada en Factual (pone que soy historiadora, no sé por qué será; no hagan caso). Si tengo que ser esclava, prefiero escribir que traducir, he pensado. Lo cierto es que me hacía gracia improvisar ese retrato familiar y contextualizar al personaje. También pueden leerlo aquí.
Y mientras, G. ha aparecido en el chat para decirme que se había comprado un jersey en le marché aux puces y que ha tenido que recurrir a trucos caseros para combatir el frío de París. Él vuelve mañana y yo me voy pasado...
Y volviendo al haya* de Giono, dice: "C'est juste au virage, dans l'épingle à cheveux, au bord de la route. Il y a un hêtre; je suis bien persuadé qu'il n'en existe pas de plus beau: c'est l'Apollon-citharède des hêtres. Il n'est pas possible qu'il y ait, dans un autre hêtre, où qu'il soit, une peau plus lisse, d'une couleur plus belle, une carrure plus exacte, des proportions plus justes, plus de noblesse, de grâce et d'éternelle jeunesse: Apollon exactement, c'est qu'on se dit dès qu'on le voit inlassablement quand on le regarde. Le plus extraordinaire est qu'il puisse être si beau et rester si simple. Il est hors de doute qu'il se connaît et qu'il se juge. Comment tant de justice pourrait-elle être inconsciente? Quand il suffit d'un frisson deu soir, d'un porte-à-faux dans l'inclinaison des feuilles pour que la beauté, renversée, ne soit plus du tout étonnante." (Prometo traducirlo al dorso si Icíar me lo pide, manualmente, tanto me gusta...)
Y la cita de entrada al libro también es maravillosa, sobre todo para mí, que he sido prisionera en la infancia y sé lo que eso significa, aunque nunca estuviera en una cárcel que no fuese interior o familiar:
"Si vous m'envoyez votre cornemuse et toutes les autres petites pièces qui en dépendent, je les arrangerais moi-mème et jouerais quelques airs bien tristes, bien adaptés, puis-je dire, à ma pénible situation de prisonier."

domingo, diciembre 20, 2009

A veces


Foto: I.N., Árboles de invierno en Bruselas, 2008
Tengo la sensación de enfrentarme al absurdo inútilmente sin encontrar la salida del laberinto. Se estropeó la caldera de mi casa. Llamé para que me la arreglaran, vino un técnico pero no sólo no la arregló, sino que empeoró, pero él siguió insistiendo en que la caldera funcionaba perfectamente. En otro mundo, pensé yo, porque en éste, la casa se hiela. Me he despertado constipada. Según ellos, todo funciona como debe. Ahora, para que los radiadores se calienten, hay que ponerla al máximo (eso sí, la compañía del gas saldrá ganando), pero en cuanto la bajo un poco de ese máximo, todo vuelve a helarse. No hay término medio y ellos niegan lo que les digo, no escuchan, insisten en que todo está bien y repiten que las temperaturas han bajado, como si yo no me hubiera dado cuenta.
Esta mañana he leído a Célan y he encontrado cierto alivio en su frío otro, en ese Wo Eis ist, ist Küble für zwei (Donde hay hielo, hay frescor para dos)... Ayer estuve leyendo otra cosa para mi ensayo, avanzando lentamente, pensando en lo que yo quería decir.
Sé que esta melancolía que se apoderado de mí esta mañana viene de mi libro, del duelo que implica una vez entregado, del arrancamiento que supone, y de todo eso que hago para escaparme, para eludir lo que ahora me espera, del miedo que me da ese foso de los leones, y también de la añoranza de mi mundo, que desaparece, de quienes me guiaron, y de los árboles, de todos esos árboles de los que habla V. y que aquí siguen arrancando. Sé también que un duelo en diciembre es más difícil para mí, diciembre va asociado a la muerte de mi padre y a todo lo que no pudo ser, a la cobardía y el silencio que se enseñorearon de todas las cosas, a la realidad de mi origen, que es opuesta a esa forzosa felicidad navideña.
Estuve andando y andando obstinadamente en el frío, en busca de mis pensamientos, buscando en las pequeñas luces nocturnas el hálito de algo vivo, las llamas de la fosforera de Andersen, como seguiré haciendo hoy, si encuentro la manera de resistir. Al llegar, la casa helada me recibe como el hielo de Célan, ¿pero qué puedo hacer? Nada funciona y no hay nadie a quien reclamar, todos parecen obedecer a otras razones. Si pese al frío lograse escribir, si reuniera ese valor, si encontrase una vía... Todo parece más posible mientras ando; ayer, la ciudad estaba vacía por el fútbol; seguramente los técnicos de la calefacción también estaban en sus casas, viendo el partido, que es lo único que importa en este país sin memoria. Un titular tendencioso parecía negar perversamente las matanzas franquistas sólo porque no habían encontrado la tumba de Lorca y de los que enterraron con él. "Nunca hubo enterramientos", decía absurdamente, como si el hecho de que no estuvieran allí significara que no hubieran ocurrido. Ese mismo absurdo de los técnicos de la caldera, de los políticos municipales que cortan todas las arboledas porque "no se pueden tocar los parkings" o para construir más. Ayer pasé por otra plaza (con nombre de músico) asolada con sus árboles para construir un inmenso aparcamiento. En ese paseo cometí varios errores. Es como si ahora sólo pudiera agravar la desolladura, llevarme al extremo. Leí de esos indigentes que huyen del refugio pese al frío. La ciudad parece llena de gente que pide.
Yo seguía andando y perserverando en mi vacío, contra el frío, con las botas de siete leguas, buscando la belleza que aún queda, con esa obstinación de la que habla Objeto a, o esa resistencia de la que habla El Pasaeltiempo.

jueves, diciembre 17, 2009

Del frío


Foto: I.N. Autorretrato nocturno con oso, 2009
Hace mucho frío o tal vez yo me he vuelto más sensible, y ayer recuperé uno de esos abrigos de peluche gigante que en mi adolescencia llamábamos "osos", tal vez porque pesa como un oso, para ir a la presentación de Terrae de Manel Armengol, donde el autor del texto, con un background brillante y particular, Mark Gisbourne, me felicitó públicamente por la traducción de su escrito, en un país donde suele olvidarse tristemente el trabajo del traductor. Mi abrigo tiene realmente forma de bicho: hoy unos chicos me han increpado pensando que llevaba pieles, pero no hay nada animal en él, salvo tal vez yo misma, y abriga tanto como pesa...
Hoy he tenido un forcejeo matinal intentando que G. se abrigara también para su viaje a París (donde se anuncian mínimas de 11 grados bajo cero y ya está nevando), pero a esas edades parece que el frío no pueda alcanzarles, y más, después de ir todos los días al encuentro de esas olas. En cambio la gata Gilda, a pesar de su grueso abrigo de pieles, que nadie podría reprocharle, cuando no sale el sol simplemente se ovilla y duerme, y cuando sale a la terraza un momento a visitar su caja de arena, al volver a entrar se lanza a unas carreras frenéticas por el pasillo, como para reponerse, carreras que siempre acaban patinando en la alfombra de la entrada, arrugándola, antes de volver a ovillarse en su lecho de dacha blanco, cerca de donde yo esté.
Mientras, CHM, ya recuperado, me ha mandado un mensaje de los suyos; me gusta mucho lo que dice y cómo lo dice. También me gustó mucho el texto que escribió para el vigésimo aniversario de Cafè Central. No tuve tiempo de hablar de esa celebración aquí, ni del libro publicado por Antoni Clapés con aportaciones de muchos de los escritores (también una mía, que traduje al castellano e incluí aquí), ni de la multitud que se congregó en el Horiginal ni de los delicados magos que nos sorprendieron con sus habilidades (yo me encontré participando en su actuación de improviso, me hicieron barajar y manipular un juego de cartas invisible, eligiendo una carta en el vacío; fue bonito a pesar de mi torpeza con la baraja imaginaria). Esto es lo que me escribe CHM:
He llegit al teu blog la intervenció d'en Toni Clapés a la presentació del teu llibre. Molt bé.
De debò que em va saber molt greu de no poder dir quatre coses sobre el teu libre.
Amb tot el que escrius, sense distincions dins el tot, vas reflectint, o més ben dit, vas construint un personatge i el seu rerafons. I això no vol dir pas que encara no l'hagis construït del tot, o sí. No és un camí, on escrius, sinó una mena de territori fet de fragments. Tot plegat va adquirint no pas una solidesa, sinó una liquidesa que, si no ho forces, es pot anar desenvolupant com fins ara o vés a saber com. Penso que l'important es deixar-se anar de la manera que ho fas. És dolent de plantejar-se objectius. Que tot et vagi rajant com a tu et raja, amb dificultats i dubtes (com tu dius) o sense bloquejos. La intenció de ..., la voluntat de ... poden ser una plaga en contra d'aquest territori ja construït i alhora en procés de construcció.
I bé, m'ha sortit d'escriure't això
.
Y después, cuando le he pedido autorización para ponerlo aquí, ha respondido:
Ep, ep!,
I tant que ho pots posar! A més a més, m'agradarà ser present al blog zbelnusià, oh constructora de tu mateixa!
Eco li qua.
Ayer a mediodía, entre Rambla Catalunya, Diagonal y Passeig de Gràcia había un atasco de grandes proporciones y los conductores típicamente incívicos de esta ciudad cada día más zafia y maleducada tocaban el claxon como niños caprichosos. Si deciden hacer sus compras (o sus merodeos, puesto que según los comerciantes, apenas hay compras) en coche, ¿por qué nos martirizan a los envilecidos peatones (compartir la acera con las motos y las bicicletas y los camiones de carga es arriesgado y molesto, pero el ayuntamiento de Hereuville glorifica el transporte en automóvil y los parkings siguen siendo prioritarios respecto al patrimonio histórico, los árboles y el transporte público tiene que adecuar su trazado para respetar los parkings) con sus caprichos ruidosos?
De madrugada, animados sin duda por esa fea y excesiva iluminación navideña, unos borrachos vociferaban villancicos cerca de mi casa. Esas canciones primitivas, que tanto me recuerdan a las navidades franquistas, no les ayudaban a entonar; el resultado era patético y estuve dudando cómo podía aislarme de ese sonido y leer. El reverso de esa fiesta que a mí nunca me gustó, como es lógico, son esos amigos que compran mi libro para regalarlo en Navidad. Ayer un novelista valenciano y poeta de sopetón (como él dice) me dijo cosas muy buenas de mi libro, algo como que no había ningún libro que con tanta gracia y tanta profundidad interna hablase de esa época y que él estaba convencido de que ejercería su poderoso efecto.
Al final de una mañana llena de pequeños conflictos (la calefacción estropeada, el técnico negacionista, la alternativa, los mensajeros que llaman como si los estuvieran matando, el frío...), me ha alegrado entrever lo que yo quería y necesitaba decir de DP en mi ensayo, lo que mañana escribiré.
Más tarde he visto a mi antigua shrink, que ya había leído mis cuentos. Para mí, al cabo de los años, ir a verla es casi una celebración. Su manera de explicar(me), las cosas que ella sigue traduciéndome aun en estas conversaciones me han llenado del coraje que necesito para volver a esa novela. Ella dice que todos estos libros, con registros tan distintos uno del otro, me han permitido sublimar muchos aspectos y prepararme para poder entrar en ese lugar de la novela. Hablaba de ese personaje de buscadora que recorre el libro y de lo que encontraba y veía desde el presente en cada uno de los cuentos. O del valor necesario para mostrar cómo pensaba el personaje entonces, cómo veia el mundo antes de mirar las cosas desde ahora. Y en cuanto a las comprobaciones dolorosas de que casi todo sigue igual que fue con algunos personajes de la infancia, según ella también implican un alivio de ver que no me imaginé aquello, que era real y que cada vez puedo observarlo con menos dolor y convertirlo en materia literaria.
Al salir he ido a la inauguración de Àmbit, ahora con Manel Valls y su mundo ecléctico, que reúne cuadros, piezas y artistas con un criterio de pasión coleccionista, su mundo, lo que le define, lo que le gustaría tener en su casa. Estaba lleno de gente, muchos de siempre, tal vez porque en estos tiempos de crisis, que alguien se arriesgue y apueste por algo es ya una razón festiva. Y al salir, mientras andaba hacia arriba, sonriendo sin darme cuenta, intentaba mirar sólo los tilos de Rambla Catalunya, que parecían respirar su humilde magnificencia incluso con su iluminación.
Pero también hoy, esta mañana, con una ola de tristeza por el mundo que fue mi mundo y que desaparece, ha llegado la noticia de la muerte de Albert Ràfols Casamada. (He llamado a Àngel V., "Estamos muy tristes, me ha dicho, aunque Albert estaba tan mal ya... Ha sufrido tanto, es injusto, no lo merecía, siempre fue un hombre bueno, que ayudó a tanta gente en la peor época, regalando cuadros".) Recuerdo el primer ràfols que vi, en la cocina de Queralbs de los Cirici, cuando yo era adolescente. Tenía un azul y una textura que me recordaban a Miró, pero también a Cadaqués, a las sillas, a los paños de la cocina y al mar asomado a una ventana pequeña, a toda una belleza de lo cotidiano que yo recién descubría, como una arte povera. Yo no sabía entonces que años después, en la casa de Federico Correa de Cadaqués, que alquilaba mi padre, conviviría con dos ràfols que tenían más que ver con la tierra e incluso con el Tàpies de otro tiempo. Ni podía imaginar entonces que visitaría aquella casa luminosa suya de Cadaqués, ni que antes me iría a vivir a la misma escalera donde Albert Ràfols tuvo el estudio, en Herzegovina 1, y que podría ver lo que estaba pintando y la multitud de telas formando un pasillo y la luz que entraba, que también era suya, ni que sus silencios amables, su seriedad y su sonrisa tenue se convertirían en algo cotidiano para mí, que subía cargada de esa otra belleza falta de palabras que dan los años jóvenes, con todo el ímpetu de aquella era batalladora y esperanzada, y seguía subiendo, ya con las escaleras teñidas de sus azules, sus sienas y su luz.

martes, diciembre 15, 2009

En esta mañana helada

Foto: Álbum familiar: yo en Figueres, a los 5 años, cuando era prisionera.
G. ha vuelto a madrugar para irse a buscar olas al Maresme. Me lo dijo anoche, cuando yo había renunciado a mi paseo nocturno intimidada por el viento huracanado y la lluvia, contagiada de la pereza gatuna y el ronroneo de Gilda y leyendo una crónica algo molesta de la vida de Dorothy Parker (esa parte de la biografía me pareció obscena, porque hurgaba y reconstruía escenas sórdidas, sin el brillo de la escritura de D.P., de una forma mezquina, tal vez secretamente envidiosa de su gracia y su talento, y llegué a preguntarme si ese género tenía realmente justificación, y decidí citar sólo a D.P. y olvidar lo que había leído de Marion Meade) y en ese momento me asusté: imaginaba escenas de olas negras altísimas y temperaturas peligrosas. Intenté convencer a G. de que se arriesgaba a pescar un trancazo y el miércoles no podría irse de viaje y... Me dijo que hoy hablaríamos. Y esta mañana helada y desapacible, pero al menos ya con luz, cuando me dirigía aprensivamente al dentista y llegaba tarde, he cogido el teléfono y alguien me ha informado alevosamente de que G. se había ido a por las olas. Para rematar, desde ayer, por una razón misteriosa que aún no he logrado establecer -aunque tengo mis sospechas- tengo unos mareos terribles, sobre todo al mover la cabeza o cambiar de postura bruscamente, es decir, mareos catalanes (rodaments de cap) y se unen a mareos ingleses (butterflies in my stomach, mariposas en el estómago, o en el higadillo). En esas condiciones, angustiada por el oleaje y el frío, intentaba razonar que al menos la claridad es grande y G. va en grupo y es fuerte y no haría locuras. Aunque el dentista me ha dormido enseguida la zona, los ruidos y la vibración de esas espantosas excavadoras, taladradoras y fresadoras en mi pobre boca me resonaban en los oídos como una tortura y me sentía hipersensible y preparada para un dolor que no ha llegado. En los peores momentos de vibración intentaba pensar en mi novela. Imaginaba soluciones posibles para recomenzar, para organizar de otra forma ese material para mí radiactivo, otras formas de entrar en ese territorio minado.
Por suerte, la tortura de los bulldozers bucales ha llegado a su fin y yo he salido a la calle aturdida, con la boca dormida, recibiendo sms que me proponían citas imposibles y de pronto me he dado cuenta de que la nueva consulta del dentista está junto a un hospital que fue escenario de algo brutal, algo que de por sí justifica esa novela, sea como sea su estructura o aunque tenga que dividirla en cuentos. "Eso ha sido un golpe bajo", he musitado, mirando al cielo sucio y pensando en los dioses griegos o en un cineasta que organizase mi vida y de vez en cuando soltaría una risotada, como John Gielgud en Providence. "No", me ha contestado una voz interior, "no es golpe bajo, sólo es uno de esos empujones". Y tenía razón. Uno de esos gestos cotidianos que una y otra vez me devuelven a aquello, a lo que me acosa y tengo que escribir, a lo que intento olvidar hace meses o años, sólo que éste tenía más fuerza, o una carga más dramática y grotesca que todos los anteriores.
G. ha salido sano y salvo del mar helado de Montgat y mientras comíamos (yo con mis mariposas internas aún danzando), le he preguntado si alguna vez sentía felicidad contemplando la belleza de esas olas, si tenía esa sensación de estar asistiendo a un espectáculo privilegiado y especial, y él me ha dicho que antes, mientras las esperaba sentado en la tabla una tarde, viendo la caída del sol con el feo perfil del litoral hasta el hotel Vela, o después, en la playa, porque en el momento estaba demasiado impresionado por ellas. Pero al acabar de comer ya estaba deseando ir otra vez a buscarlas.
(Last minute news: No se pierdan la generosa entrada-homenaje de Álvaro de la Rica aquí. Yo estoy abrumada y agradecida, bailando por la casa)...
Justo antes de salir hacia el dentista en esta mañana fría, me ha llegado un largo e interesante comentario sobre mis cuentos, de un escritor -poeta y novelista, además de publicista- que me conoce de hace años y al que no le gustó mi Crucigrama. Esta vez me sorprendió apareciendo en la presentación de Algunos hombres... y otras mujeres (yo diría que fue porque leyó El cec de l'Odissea, el bloqueig i un somni d'editors), y cuando me pidió que le dedicase el libro, escribí: "Para D.C, a quien no le gustan mis cuentos". Héte aquí su respuesta (traducida al dorso, a petición de Icíar, en los comentarios):
Gran injustícia la dedicatòria, perqué sí que m'agrada com escrius. No m'he entretingut a comparar el nou llibre amb Crucigrama, però per a mi és tot un altre món. L'altre el recordo una mica instal·lat en la queixa i la tristesa, encara que em va agradar molt el conte sobre el pare i les ampolles d'aigua... I aquest és gairebé còmic, divertit, i la queixa es redueix a aquestes coses tan teves de plorar per les alzines del Tibidabo i queixar-te que el món ja no és el que era, però les històries són la vida, i vistes amb una intel·ligència i amb una capacitat de síntesi que he envejat més de deu vegades en una lectura absolutament devoradora, el mateix divendres a la nit. Només em vaig deixar el dels homes amb qui no t'has casat, que el vaig llegir diumenge. No puc ser gaire objectiu, perquè et conec, però a mi m'ha entusiasmat el llibre, i molt especialment aquestes deu o dotze vegades que t'he envejat, amb coses com la descripció de com el pare de seguida es fa amb les italianes i en canvi la mare queda fora de joc, amb moments tan aguts com quan la narradora es pregunta si va amb la roba interior adequada a veure un paio que no ha vist mai, només per la veu, amb les observacions sobre aquell paio que vol tenir una criatura. Vaja, vida pura, i ben poca cursileria.
Em va agradar el discurs del filòsof que no conec. El filòsof ho va fer molt bé, i no vaig entendre la reacció de qui li va dir que no havia explicat on era el secret. Jo crec que ho havia explicat ben clarament, encara que jo, el tema de la mort, no veig que aparegui més al final que al principi, sinó que sempre hi és, allí al darrere.
Em fa l'efecte que amb la veu que has trobat aquí pots anar molt lluny. Però no vull dir res més sobre això, perquè tu sabràs.
El que no veig, creu-me, és que t'hagi de costar passar del conte a la novel·la, senzillament perquè aquest llibre, amb un plantejament mínimament diferent, seria ja una novel·la. Perquè hi ha una única veu i un únic personatge central, i perquè són contes, però també són capítols d'un mateix llibre. Només amb uns estructura que els articulés com un conjunt, ja seria una novel·la. En realitat jo me l'he llegit més com una novel·la que com un conte, de tal manera que no et podria dir que m'ha agradat més aquest que aquell altre. Per motius potser purament personals, em vaig emocionar amb Caballos, perquè aquell plor quan la narradora torna a veure un cavall és potser el moment més bonic del llibre, i això ho hauria d'haver observat el filòsof, en realitat és allí on es reviu galopant, la cosa aquesta increïble de la llibertat que ha estat un motor de la vida del -diguem-ne- teu personatge.
Però el que et deia: me l'he llegit més com una novel·la en el sentit que al personatge li van passant coses, i fins i tot els canvis de temps fan que el llibre sigui més novel·la que recull de contes. En aquest sentit no veig que puguis tenir cap problema amb la novel·la. I encara hi ha un element més propi de novel·la, que és el ritme. En un recull de contes, vulguis o no, canvien els ritmes, les frases. En aquest llibre hi ha un continu en la cantarella, i no és només la conjunció i, sinó el gust per les paraules planes al final de les frases, la cosa aquesta dels díptics i espondeus i el fet de mantenir sempre el to d'una història explicada, salmodiada, exactament com vas llegir el conte: com una onada i una altra i una altra i així des del principi fins al final sense cagar-la ni una vegada (llevat d'un salt de línia) tacatán -tacatán- tacatán... tacatán-tacatán, tacatanda.
Oh, m'estic enrotllant massa.
Només dir-te que t'has tornat molt sàvia.

domingo, diciembre 13, 2009

Antoni Clapés, sobre "Algunos hombres... y otras mujeres"


Foto: Joan Comas, El público en La Central, 11 diciembre 2009
Notes de lectura sobre Algunos hombres... y otras mujeres d’Isabel Núñez
Admiro l’escriptura –les escriptures– d’Isabel Núñez. La segueixo en els seus llibres, en les ressenyes i, indirectament, en el seu blog. Però m’agrada especialment en aquells textos que se situen en un rasant entre l’assaig i la narració, com els que m’ha deixat per fer-ne plaquettes: Els meandres de la traducció, Danielle Collobert, naufragi en un mar de paraules o El cec de l’Odissea, el bloqueig i un somni d’editors. Llavors crec que treu a fora tot el pòsit literari que duu a dins.
Ara publica un nou llibre de relats en què mescla la ficció (viscuda literàriament) i la vida viscuda (o imaginada), en un volum que esdevé una mena de retrat moral d’una generació (una mena de visió calidoscòpica) escrita per una veu que ha viscut intensament el seu temps: el temps de la desvertebració d’un projecte generacional, la fi d’una utopia –aquí, la dels setanta–, potser d’aquells que Ferran Sàez (parafrassejant Ted Perry) va dir-ne Els bons salvatges.
Per explicar-ho, l’autora se serveix de la fragmentació: el relat breu (ell, també, molt fragmentat: petites històries dins de petites històries, com nines russes) que són històries de la quotidianitat (urbana) en els quals sempre hi ha un element de sorpresa, un element que desencaixa la linialitat del relat, i això, justament, el fa atractiu i –fins un cert punt– poètic. Fragments, també, surreals, imaginatius, onírics, irònics (i, de vegades, amb notes d’humor negre).
Escrits en primera persona, l’autora confessa a un amant seu : “jo treballo amb paraules”: un joc que usa per accentuar els dobles sentits, les identitats fingides, els malentesos... (El llenguatge com a joc, encara.)
L’aparent –només aparent– senzillesa d’una escriptura de qui hi ha arribat a un estil propi per depuració, per eliminació d’allò anecdòtic per dir allò essencial del relat. Això el fa (al relat) tremendament eficaç, punyent, tallant i que penetra en el teixit dels personatges (i del lector) com un ganivet esmolat. Tampoc no es pot negligir la musicalitat en el ritme de la frase: abundància de decasíl·labs.
Relats amb un punt de nostàlgia (el temps de “quan els viatges eren viatges”, o “els boscos eren boscos”, o la Barcelona d’abans de ser Hereuville, el Sant Cugat de l’Autònoma... i Cadaqués, aquell Cadaqués que va fascinar Duchamp i tants d’altres).
Relats farcits de referències literàries (l’autora no pot amagar la seva voracitat de lectora) i cinematogràfiques. Hi ha seqüències absolutament fílmiques (l’òliba, l’accident...), meravelloses.
Uns relats que parlen del desencaix: de la solitud, de l’amor i del desamor, de la brutalitat i de la tendresa. Uns relats per on hi vagaregen personatges que semblen surar en l’espai i el temps que els ha tocat de viure: solitaris, gelosos, desvalguts, generosos, cruels, perversos, marginals, tendres... que es plantegen el sentit de l’acció política, la maternitat, la hostilitat de la institució familiar, la fidelitat en les relacions... el quoi faire?
En el personatge de la relatora (la protagonista) hi ha una corporeïtat, un hedonisme i una cerca del plaer que jo situaria entre la Bovary i la Collobert.
Una lectura plaent: quan el lector progressa en la lectura, només tem que s’acabi aquella jouissance que Isabel Núñez li ha donat...
Moltes gràcies, Isabel.
Antoni Clapés, La Central, Barcelona – 11 de desembre de 2009

Elena Vilallonga, a propósito de Algunos hombres... y otras mujeres

Foto: Joan Comas. Yo leyendo "Estrenos" en La Central con mis ilustres presentadores, 11 diciembre 2009
Me cuesta sentarme en el podio de los fieles escribientes de este mundo, pero mi amiga Isabel, que es creyente, aunque no lo parezca, me pidió a última ahora una pincelada sobre sus cuentos – que leí, muy calentitos, por cierto- recién salidos del horno, y que me acompañan de noche, ahora que empieza el frío. En su momento le hice algunos comentarios de lectora. Ahora voy a recordar algunos de ellos. En lo que a mí respecta, escribo poemas y hago películas, y de oficio, traduzco lo que me echen.
Si imagino a Isabel de niña, la veo sentada en su mesita de taxidermista, desollando un ave rapaz y metiendo su propia estopa dentro de la carcasa vacía del animal. Como resultado, al cabo de los años, aparece una narradora con piel propia dispuesta a descuartizar cualquier animalillo que se le cruce por el camino. Y lo hace con una pluma elaborada y accesible a la vez, brindándonos una mirada de lince, única e intransferible.
Como he dicho, Isabel es creyente, pues para escribir hay que creer, condición sine qua non para llevar adelante este oficio. Ella cree profundamente en que detrás de toda esta maleza hay siempre un tesoro por descubrir, y su instinto y el machete la acompañan.
En su primer libro, Crucigrama, combina el material autobiográfico con la ficción. Como ella misma lo define, lo suyo es la autoficción, término francés muy logrado. Y sí, esa narradora y ese yo que se solapan mientras cuentan parecen estar jugando al escondite: uno busca y la otra encuentra, e intercambiando papeles van creando un paisaje basado en las experiencias vividas que se transforman en itinerarios listos para recorrer. El de Crucigrama es un paisaje grisáceo, grisáceo por la tristeza que se esconde detrás de aquellas escenas urbanas agridulces, y por la tremenda introspección que a veces no deja a uno ver más de lo que ilumina su luz de minero (como si fuera poco). Esa lucecita que nunca la abandona es la misma ironía, la que siempre la saca del pozo y logra dar una vuelta de tuerca a sus historias. Creo que todos los cuentos nos dejan impregnados de una sensación tragicómica parecida, tanto los de Crucigrama como los de esta nueva publicación.
En Algunos hombres… y otras mujeres, cuentos coloridos y siempre irónicos, aparece esa narradora esta vez subida al andamio, totalmente desnuda, mirando desde lo alto. Su capacidad descriptiva brilla en cada párrafo, con eso digo que describe al tiempo que hace transcurrir la acción. Y eso seguramente lo logra porque le resulta fácil. Creo que su juego continúa, y sigue siendo un juego sin tapujos ni balbuceos, a ratos perverso y desvergonzado, como la vida misma. La voz de la narradora, veo aquí sólo una, se dedica a construir a medida que encuentra el apoyo suficiente para poder abordar el tramo siguiente. El casco lo lleva siempre puesto, pues seguro que le ha caído algún que otro pedrusco por el camino. Y apuntalando y apuntalando edifica, con mucha contención y aplomo. En ocasiones la imagino a cámara rápida, echando humo por la cabeza, pues no hay tiempo para cigarrillos. Tampoco para concesiones, y artificios narrativos, los menos; tal vez cierra alguna de las historias remitiéndose a los inicios, o volviendo al presente más reciente para ganar perspectiva, creando una simetría que ayuda al lector (y a los mismos personajes) a recordar quiénes eran al principio de la historia. Pues en pocos párrafos los protagonistas ya se han convertido en otros. Las páginas avanzan vertiginosamente por carreteras sinuosas, y lo hacen solas, sin ayuda, como los vagones de un ferrocarril sobre sus vías, como en el cuento de Ida y vuelta, todo narrado en presente histórico. De hecho, la narradora, en muchos de sus relatos se monta a menudo en trenes, autobuses, coches, va y viene del pasado más remoto al presente más acuciante y se abandona a manos de los caprichos del destino. Pero queda claro que se conoce de memoria todas las estaciones y aledaños, ya que algo tan delicado y difícil de manejar como el pasado y el presente, alternadamente, para ella es casi un deleite.
La ironía, en Souvenir, toma dimensiones elefantiásicas. Yo veo a la narradora como a Caperucita Roja, paseando por el bosque, seduciendo al lobo, y con un cesto lleno de manzanas trágicas. Su enorme distancia al narrar, siempre desde la experiencia, es digna del cazador: cuanto más lejano y tentador el objetivo, más interesante el reto de hacer diana. Y lo consigue. Pero lo consigue porque el oficio de vivir tampoco lo regalan. La autora se aplica y vive para contar, y ésa es otra de sus bazas. Puede llegar a contarlo, casi como de milagro. Ella habla de viajes astrales, y yo, diría, también ancestrales, más propios del buscador de perlas negras. Souvenir es un cuento casi negro.
Acertadas también esas figurillas articuladas de la portada (ahora en un museo de París!). Son perfectas para sus personajes “adultos”. “Ahora abro las piernas, ahora te beso, ahora vomito”, todo ello manejado con la destreza del titiritero. Imagino que para saber hacerlo, uno debe de haber ensayado con sus propios hilos, o nervios, y saber de buena fuente cuántos pasos pueden darse y hasta dónde. Creo que a la narradora, al basarse en su experiencia, no le queda otro remedio que meter todos los ingredientes en la trituradora para después con la masa moldear miembro por miembro cada personaje hasta darle vida. La maleabilidad que consigue con cada uno de ellos es envidiable. Siempre se sale de los entuertos con su pluma tal y cómo se sale de ellos en la vida: en presente continuo, y en movimiento perpetuo. Toda posibilidad de que algo suceda o no suceda, todas las relaciones contingentes de aquel pasado ya no son posibilidad sino probabilidad, de hecho se han vuelto reales, se han materializado. Conseguir eso es un arte. Vaya manera de escurrir la bayeta... hasta la última gota.
En Caballos, la narradora se lanza al galope unida al caballo en un solo tejido, lo mismo que la autora practica con su escritura: se acopla a una respiración y sigue el rastro con su olfato hasta el final del trayecto. Cuando va a cerrar el cuento y parece que todo se detiene, el pelo de la amazona sigue agitándose al viento, por la inercia de toda esa fuerza anterior acumulada. Es como ver la cola de la lagartija meneándose después de cercenarla. Resulta que al final de Caballos, un caballo rescatado de un picadero abandonado y agreste es más que un caballo, es el responsable de que todo lo que le rodea vibre y sea importante, hasta la última palabra del cuento.
En dos de los cuentos, el yo solapado de Crucigrama aparece de nuevo, como en La noche que murió Franco y El día que mataron a Puig Antich. Ambos me han hecho reparar en sus títulos: al leer Murió y mataron, se me antoja que podían haber aparecido en el orden inverso, respectivamente: mataron y murió, pero no fue así. También tengo la sensación de que la autora ha aprovechado «restos de tinta» para combinar su ficción con material de archivo, o una serie de instantáneas correlativas que congelan momentos históricos en blanco y negro de esa dilatada transición tan sabrosona para las mujeres poscomunistas en primera línea de guerra - yo, las veo así, como mis hermanas mayores-
En todos los cuentos abundan unas imágenes del todo evocadoras. Sobre todo por cuándo aparecen, siempre por sorpresa y nunca redundantes. Lechuzas muertas, ratas ahogadas, cielos azules angustiosos, ese mar de metal melancólico que aprieta las sienes, y la única imagen realmente relajante, por eso de la reflexoterapia, la de las piedrecitas de la orilla. Es una escritura táctil, todo puede evocarse cerrando los ojos, casi tocarse, y por ello desprende erotismo. Es también onírica, pues los recuerdos y los sueños se funden en una sola nube de colores y se retroalimentan alcanzando a veces una densidad que culmina en una tormenta de situaciones. Hay una cantidad de registros aquí dentro digna de mención. Las escenas de sexo medio apresuradas en los sofás o lavabos urbanos son de una ortopedia intencionada, ácidas, secas. La ternura del cuento Yo tenía 18 años me ha conmovido. Por no hablar del lirismo de La lechuza. El ritmo que palpita en todos ellos es poco común. Esta autora es aguda y profunda a la vez, a veces me recuerda a Flannery O’Connor, por su interés por el mal, por las brujas, y por sus llamadas a gritos a la belleza para no caer en la desesperanza total. Y lo que más la caracteriza es su deseo, que crece con las páginas.
Presiento que la autora se acerca peligrosamente a todo aquello que le produce alergia, o se ve atraída por todo ello de una manera casi incontenible, como el conejo que se queda paralizado ante los faros del coche en una carretera nocturna.
Y así, en un duelo a pulso, la autora ha encontrado el antídoto, la vacuna, que le permite retirarse detrás de la cortina y poner a sus personajes en primer plano representando lo que a ella le venga en gana. Qué suerte y cuánto coraje.
¡Donnons lui la force et le courage de contempler son coeur et son corps sans dégoût!
¡Felicidades Isabel!
Elena Vilallonga

sábado, diciembre 12, 2009

En La Central


Foto: Joan Comas. Detalle del público durante la presentación (11/12/09)
Ayer presentamos mi libro Algunos hombres... y otras mujeres. Para mí fue un acto emocionante. No pudo venir Carles Hac Mor, y le sustituyeron, en un arranque generoso, Elena Vilallonga y Antoni Clapés. Estaba lleno de gente, o eso me pareció a mí. Un público ilustre, atento e inteligente. Como dijo Álvaro de la Rica, se aprende a interpretar los silencios y el de ayer era el silencio de un público de lectores, que entendía de lo que se hablaba y estaba interesado, con humor y cierta calidez afectuosa.
Empezó Elena Vilallonga, que es una lectora refinada, de Ginzburg, de Agota Kristoff, de poesía recóndita y que mostró su punto de vista cinematográfico (sin decirlo; fue Antoni Clapés quien habló del carácter cinematográfico de mi libro), hilando poéticamente imágenes de mis cuentos con poderosas metáforas suyas, y describió mi libro como a mí me gusta pensar que es (incluiré su texto aquí) y como dijo Lydia Oliva, escribió un cuento suyo que explicaba los míos.
Luego siguió Álvaro de la Rica, que hizo una presentación brillante, diría que estelar, arriesgada y osada, mostrando su conflicto con el libro: cómo le había interpelado y desconcertado, cómo lo había descubierto casi al final. Y acabó defendiéndolo de forma valiente y generosa (Malheureusement no podré incluir aquí su intervención, que preparó en forma de notas, con sus tablas de Herr Professor).
Y acabó Antoni Clapés, que había leído el libro heroicamente en un día e hizo inteligentes y certeros comentarios fragmentados, como pensamientos que iba mandando al aire sobre los cuentos, y al mismo tiempo los situó con precisión, justeza y pocas palabras, y mostró su finura de lector con mucho poso (colgaré su texto aquí).
Alberto Hernando, que estaba entre el público, intervino respondiendo a Álvaro de la Rica y añadió a su lectura subjetiva y colorée otros factores que están en el libro y que a mí me importan, abrió otras puertas: no es una novela, son cuentos y cada cuento es autónomo, precisó. Es importante la topografía de los lugares de esos cuentos, como la crónica de los setenta y ochenta que, según él, ha abierto mi libro y tal vez dé paso a otros libros sobre el tema, del mismo modo que un libro abrió un día la vía a las novelas sobre la Guerra Civil...
Yo he querido contar en ese libro la historia de un extravío, una cara oscura del libertinaje o un reverso femenino del donjuanismo, donde la narradora no siente que conquista, sino que busca, en la multiplicidad de sus encuentros, curar una herida, descubrir una respuesta en los otros o restaurarse... lo que finalmente sólo conseguirá a través de la literatura (gracias al invisible análisis). Yo diría que en cada uno de los cuentos están presentes las claves de ese extravío y en cada uno de ellos está ya implícita la mirada del presente. Obviamente, la estructura de los cuentos es implacable y no admite juicios de valor, explicaciones: eso obliga a dramatizar, mostrar con escenas o algunas frases, y esas frases y escenas están allí, en cada cuento, yo las fui poniendo, y al leerlos en voz alta siento una vibración más intensa en mi voz al pronunciar algunas de esas frases, me siento feliz de poder decirlas, esos comunicados o cartas al mundo. Creo que el libro es al mismo tiempo muchas otras cosas y la alusión al paisaje es vital, esencialmente urbano (aunque también de Cadaqués o Figueres). Ese paisaje sirve para metaforizar o simplemente muestra el dolor de la pérdida de todo lo que el cemento y la corrupción nos han arrebatado, la traición a la historia y a nuestra memoria, la degradación de nuestro mundo, la generosidad que nos ofrecía la ciudad en esos rincones libres de los que podíamos apropiarnos y que esa maquinaria de lo corrupto nos ha ido sustrayendo. Y también hay en el libro muchas otras interrogaciones, y nada podría entenderse sin el humor ni la ironía.
Ayer no dije nada de esto. Como toda intervención, leí un cuento, "Estrenos", sobre algunos personajes de lo que se llamó la movida madrileña. Creo que mi lectura no fue casual, y sé que al menos algunos captaron la vibración y la gradación de ciertas intensidades, lo que procuré transmitir, como quien canta una canción que ha compuesto. Ese cuento que leí contiene justamente un párrafo clave para mí, algo que yo necesitaba decir en público y que está entre las páginas 138 y 139. Al acabar, estuve firmando un montón de libros.
Para mí, la presentación es un ritual necesario y feliz, pero la de ayer me resultaba muy difícil. Yo construyo un libro, una serie de historias para contar algo, pero esas historias las compongo con trozos de material más o menos autobiográfico, y aunque lo que cuento no es mi vida, sino fragmentos de lo que ya era una memoria reescrita y distorsionada a través del tiempo, recombinados, transformados y fuertemente ficcionalizados, sé que puede parecerlo, y en ese sentido me sentía más expuesta que otras veces, sobre todo por algunos de los temas. Creo, estoy segura de que en mi libro sí hay ideología (acaso demasiada, a veces), sí hay análisis y evolución, pero intento seguir la enseñanza de Shalámov (nunca en sus magníficos Relatos de Kólyma hay una queja, una denuncia, una acusación, explicación o moralización de lo que ocurre, sólo muestra de forma realista los gestos y las palabras de esos presos siberianos), las enseñanzas de Chéjov, de Carver, de Maupassant, de Colette, de Ginzburg, de Flannery O'Connor (Elena dixit) y tal vez de Bolaño, por poner unos pocos ejemplos.
Al acabar, unos cuantos nos fuimos a cenar, y lo pasé muy bien, aunque seguía con el estómago cerrado como una piedra, como el pobre lobo del cuento de Grimm. Hoy me he ido restaurando y ahora pienso en esa presentación de ayer con una rara mezcla de emoción y felicidad agradecida.
Quería poner aquí el comentario que me mandó anteayer un amigo blogger, lector y escritor, que me hizo ilusión recibir:
He terminado de leer tu libro, y con el cadáver todavía caliente de su lectura te escribo. Vaya por delante mi enhorabuena. Como asiduo lector de tu blog conozco de cerca tus desvelos de escritora, esa gozosa mezcla de orfandad y fanatismo en el que a menudo pareces encontrarte; orfandad porque no se alcanzan seguridades con la escritura, más bien se exploran incertidumbres, y fanatismo porque sin esa mezcla de entusiasmo y delirio no se puede escribir. Te animo a seguir ese camino que te has trazado, contra todo y contra todos, si es preciso, un camino que, como ves, va dando ya sus frutos.
Tu libro de relatos me ha recordado aquel poema de Villon, Ballade des dames du temps jadis, aunque creo que en tus cuentos no son tantos los hombres como las nieves de antaño. Me gusta esa exploración del pasado, que es tanto como decir su restauración; se ve desde el principio, cuando describes minuciosamente esa casa de pescadores y al final dices “aunque yo apenas percibía nada de todo aquello”. En ese primer párrafo está contenido ya todo el libro, como queriendo decir que recordar es, precisamente, percibir.
Hay un cuento que, a mí particularmente, me fascina. Se trata de “La lechuza”. Me encanta el simbolismo de esa lechuza, es como un oráculo que pesa sobre la relación entre los dos personajes del cuento, y que reaparece al final, como una evidencia clara que sin embargo no llega a desentrañar el enigma. Técnicamente me parece el mejor relato de un libro que, por lo demás, está lleno de gozosas epifanías.
No sé cuánto de autobiográfico hay en el libro (tampoco eso es lo que me interesa como lector), pero te confieso así, sottovoce, que por momentos me sentí abrumado ante ese torrente de vida. Es una sensación inquietante, lo confieso, me recordó al malogrado de la novela de Bernhard, aquel pianista que dejó de tocar después de escuchar a Glenn Gould, y que al final acabó suicidándose. Ante la intensidad de lo narrado, la vida de uno parece muy pequeña. No sé, los buenos libros siempre me han dejado ese poso inquietante, así que espero que te lo tomes como un elogio.
No sé qué más decirte, si acaso darte las gracias por escribirlo. Puedes estar orgullosa, es un buen libro, al que le deseo una larga vida en las librerías, a pesar de que el ciclo editorial suele ser muy corto. Días atrás decías en tu blog que sentías haber llegado tarde a la escritura… Bueno, después de tres libros en apenas un año creo que ya te has puesto al día ¿no?.
Recibe un fuerte abrazo. Suerte en la presentación
JML

martes, diciembre 08, 2009

El viernes 11 presentación


Menoscuarto Ediciones y la librería La Central se complacen en invitarle a la presentación del nuevo libro de Isabel Núñez, Algunos hombres…y otras mujeres

Además de la autora, intervendrán el poeta y editor ANTONI CLAPÉS, la traductora y cineasta ELENA VILALLONGA, el profesor ÁLVARO DE LA RICA (Universidad de Navarra) y JOSÉ ÁNGEL ZAPATERO, director editorial de Menoscuarto

Viernes, 11 de diciembre de 2009, a las 19,30 horas, en La Central (Mallorca, 237)

Librería La Central • www.lacentral.com
Mallorca, 237 08008 BARCELONA Teléfono: 902 884 990
Metro: Diagonal (L3, L5), Provenza (FGC)

menoscuarto ediciones
Plaza del Cardenal Almaraz, 4 - 1º F
34005 PALENCIA (España)
Teléfono y fax: (+34
) 979 701 250 correo@menoscuarto.es
http://www.menoscuarto.es/
* Carles Hac Mor no podrá asistir finalmente a causa de una indisposición.
** El Musée des Arts Decoratives de París dedica una exposición a los playmobils

viernes, diciembre 04, 2009

De puente a puente...

Foto: I.N., Nubes de atardecer, 2009
El puente vino cargado de cosas muy distintas, como el barco que venía de La Habana en aquel juego melancólico. Un descubrimiento triste pero revelador, que me quitó una telaraña ilusoria de los ojos y me permitirá recobrar mi intimidad libre, sin la asfixia que sentía estos días. Un paseo entre árboles aún en pie, con colores de otoño, y luego, como si los dioses griegos hubieran querido compensar el desequilibrio, un encuentro propiciado por un gesto mío inesperado (¿o desesperado?) me ha permitido verme de otra manera, transformada, y casi diría que respirar físicamente distinto. Hasta tal punto puede a veces restaurarlo todo la mirada de alguien. ¿O tal vez toda mi percepción de las cosas cambió en esas horas? Salí a la terraza para mostrar algo y el cielo me pareció límpido y maravilloso. ¡Y también de noche! Me acordé de Frikosal. No sé si había menos contaminación lumínica, si fue el viento o eran mis ojos, pero además de la luna decreciente ¡el cielo se veía plagado de estrellas! Algunas se transparentaban tras las nubes alargadas y grisáceas.
Antes de eso, tuve una conversación matinal con G., que había leído mis tres primeros cuentos de Algunos hombres... y otras mujeres y decía que mi escritura le transportaba exactamente allí, a esos lugares de los cuentos y que podía imaginar bien a esos personajes diciendo lo que decían, que Cadaqués le había parecido tan plácido y atrayente en esa primera historia, sólo tenía ganas de volver... (aunque sabe que no será como era entonces, ni incluso como en sus recuerdos de pequeño). Dijo muchas cosas que me alegraron: siempre pienso que G. es un lector sensible e inteligente, con humor crítico, que entiende todo. Hablamos un momento de otras cosas y ahora nos hemos cruzado, cuando yo llegaba y él se iba en busca de olas y al despedirnos nos hemos abrazado los tres, él y yo y la tabla, entre risas, y por un momento me ha parecido que la funda de la tabla olía como la habitación de mi padre al levantarse o a su batín marrón cuando éramos pequeñas. Y es que este año, el aniversario de su muerte (11 años) ha sido furtivo y silencioso. G. me dice que a él le pescó leyendo justamente un cuento sobre mi padre. Yo notaba esa sombra, ese malestar que llega con la fecha, justo antes de Navidad, como las cicatrices, y al pasar junto a su foto me di cuenta.
El viernes fui con T. a ver el documental de Garbo, ese espía fabulador y oportunista gracias al cual tuvo éxito el desembarco en Normandía. La historia -la identidad, la mentira, la fabulación, el humor y la falta de humor y cómo todas esas cosas inciden también en la gran Historia- tiene gracia y la película está hecha cosiendo material de archivo, sin apenas recursos. Aunque molesta que algunos temas se toquen con esa ligereza (la entrada de los soldados rusos y americanos al liberar esos campos supusieron la violación de algunas de aquellas mujeres esqueléticas, así empezó irónica y amargamente su liberación; y aunque la condesa de Romanones parezca ignorarlo, mucha otra gente de la España republicana y derrotada celebraba secretamente la derrota nazi, sin saber que precisamente los americanos se aliarían con Franco y nos impondrían la monarquía, que apoyarían al dictador que destrozó el país para siempre, con tantos años de atrocidades en la sombría posguerra). Pero el documental me hizo pensar en la parte literaria, las razones internas de los espías, los fabuladores, los juegos de identidad, la locura de la doble vida, los mentirosos compulsivos y su necesidad de construirse esos muros, de protegerse con montañas de mentiras.
El sábado desayuné con un documental de Arte tv con piscinas detectoras de neutrinos y astrofísicos hablando de la materia negra y de novas y supernovas y de esas estrellas que circulan una en torno a la otra y se van acercando cada vez más hasta dispersar su materia por el universo, y vi laboratorios subterráneos (muy feos y caóticos como obras) y aceleradores de partículas y científicos chinos, suizos, americanos, franceses hablando de esa gran parte de materia negra y qué felicidad pensar en un universo más grande que las obras y el cemento de Hereuville y las horribles y zafias luces de navidad y la destrucción de esta pequeña ciudad, aunque sólo fuese un momento.
Y anoche salí en Borradores, hablando de mi libro balcánico (lo repiten el martes, pero a las 2 de la madrugada), fea como siempre en la tv, pero el programa, tan dinámico, me gustó. Se nota que le ponen afecto y cuidado a lo que hacen y no aburren. Una vez más lamenté que los programas de aquí no sean hospitalarios. A mí me asombra que ni La plaza del azufaifo (a pesar de una página de Sagarra en La Vanguardia o un prólogo de Vila-Matas y una repercusión mediática y ciudadana de esa campaña), ni Si un árbol cae (a pesar de la página de Juan Goytisolo en Opinión de El País, y de los elogios de Alejandro Gándara y tantos otros) hayan merecido siquiera salir como libros recomendados o comentados en los escasos programas de libros que se hacen aquí.
Sigo escribiendo mi ensayo, leyendo e investigando para ampliar lo escrito. Y traicionando a veces mis deberes (leo Extrañas notas de laboratorio de VM y me quedé una novela de la alemana Julia Franck después de oírla en Arte Tv contando que al preguntarle a su madre por qué su padre no había vivido con ellos, la madre le dijo que su padre era una persona muy difícil, casi más que ella misma, y le contó cómo su abuela paterna, al acabar la guerra, le dijo a su hijo que la esperase allí y lo abandonó en la calle y cómo él nunca se recobró como para mantener una relación o convivir. Y cómo ella había convertido todo eso en novelas. Falta poco para la presentación de mi libro, qué vértigo pensarlo. Aún queda un día del puente. Puente de plata.

El viento

Foto: Manel Armengol. En Jokulsarlon, Islandia, 2002
Ese viento huracanado que agita la ciudad me recuerda tristemente los arboricidios, las talas masivas de árboles de los políticos del cemento en este pobre país. Pronto no quedarán barreras verdes, pienso. Ni pájaros que no sean mutantes. El viento golpea de nuevo unos hierros en alguna azotea y ese ruido persistente y abandonado no cesa y de noche se infiltra en mis sueños. La gata Gilda sólo quiere dormir, ovillada en su cama de dacha blanca. Hoy sí debe de haber olas, pero G. no ha venido a por su tabla... Pero el espectáculo del cielo es cambiante: de vez en cuando miro a mi izquierda y contemplo el interesante bamboleo de la copa del ciprés del único jardín que queda en mi patio (antes todo eran pequeños jardines), donde aún vienen a posarse elegantes urracas. Y las nubes, que cambian por instantes de color, masa, textura y velocidad, me recuerdan a algo que me contó Manel Armengol de una de sus fotos de Islandia (hoy es el último día para ver esas fotos; no se las pierdan), de un paisaje que no le atraía en ningún sentido hasta que de pronto se levantó una niebla que lo transformó, y en la foto es misterioso y oscuro y a mí me recuerda al lugar donde pasó su noche de veinte años Rip Van Winkle, tal como yo lo imaginé al leerlo. Hay una pareja de fotos que dialogan entre sí en su libro Terrae, una es nieve que parece nubes y otra nubes que recuerdan la nieve...
Anoche cené en un restaurante favorito de Ciutat Vella, en buena compañía. Un poco antes, V vino a tomar el aperitivo a un bar favorito suyo. La sorpresa fue que en la cena estaba, radiante, una inteligente sobrina a la que llevaba tiempo sin ver, Joana. Contó que las matemáticas (el doctorado) devoran su tiempo (excepto las horas de entrenos y partidos de voléibol). Cuando empiece el año se irá con su beca a París y quizás pueda visitarla aunque sea en una de esas -ahora codiciadas- antiguas chambres de bonne. Parigi! ¿Por qué me gustará tanto esa ciudad donde sigo sintiéndome una hormiga de Figueres? Por la beauté, los árboles y las imágenes de Atget, la cultura que aún importa o el peso de tanta literatura y pensamiento, o chissà che. Joana me contó que ayer por la tarde iba andando por allí donde se ensancha la calle Elisabets y recordó que nos habíamos encontrado justamente allí una vez, yo iba leyendo, y al recordar que íbamos a vernos en la cena, entró en La Central y compró mi libro. Dice que soy la tercera autora a la que sigue: Roald Dahl fue el primero, el padre de Joana ocupa el segundo lugar y yo el tercero, porque todos los demás son matemáticos y físicos cambiantes. Le pregunté por otro aspecto de su vida y me dijo: "Progressa adequadament", y luego contó que a sus alumnos de matemáticas les puntúa según un sistema de tres calificaciones: Ok, Psé y ¡Uf!
La comida y el vino eran tan deliciosos como en una crónica de Horacio. La cena se debía al encuentro con un primo mío recobrado, al que yo no veía desde treinta años atrás, que pinta unos retratos neorrealistas con gran sensibilidad y había interesado en su rápida visita a varios galeristas (buscaré un link). Al final, tres de los comensales subimos por las Ramblas que por un extraño azar estaban bastante solitarias y la atmósfera era agradable, aún suavemente húmeda y sin viento, con las luces navideñas apagadas y los grandes plátanos en sus poses elegantes y desmañadas y esa piel pecosa que tanto desagradan al misterioso ayuntamiento de Hereuville.
He visto que Acantilado publica un ensayito que yo misma recomendé al editor, Serena Cruz o la verdadera justicia, de Natalia Ginzburg, justo cuando me anunció que Lumen iba a publicarlo todo. ¿Todo? le pregunté. Seguro que no han pensado en Serena Cruz. Es uno de mis favoritos y resume la posición ética de Ginzburg. La frase final: "¿Acaso existe algo más importante que la justicia? No, más importante que la justicia no hay nada" impresionó a mis alumnos en el posgrado. He recibido París Francia, de Gertrude Stein, en cuidada edición de Minúscula, qué tentación...
He recibido un sms de Pilar C., que dice así:
"Sortint cap a Tànger. Nit passada amb el teu llibre i la teva història. Llegia sentint la teva veu. Moments recordats de la coordinadora d'Instituts i altres de tota aquella època. Petons". Me han dado unas ganas inmensas de ir con ellos a Tánger. Pero tengo que aprovechar este puente y avanzar en mi ensayo o no terminaré antes del deadline...
Ya no tengo más tiempo. Continuaré más tarde, acaso...
Antón Castro me entrevistó en el programa BORRADORES sobre Si un árbol cae... Domingo 6 de diciembre, emisión a las 23.25. En Aragón TV (Redifusión los martes). Canal Satélite Digital, 97 y por Internet http://www.aragontelevision.es/ hay que clicar a la derecha donde pone Directo y luego elegir el formato FLV.

miércoles, diciembre 02, 2009

Soñé


Foto: I.N., Mosaico de la Casa de Convalescència, 2009
Soñé que organizaba por teléfono mi sustitución en un acto y una voz femenina me advertía: "¡Pero no puedes escabullirte de la presentación de TU libro!" Y me desperté sobresaltada. En la zona de lo real, alguien me insinuó por teléfono algo más desagradable, que tampoco quiso precisar. Tardé un momento en darme cuenta: ¡Era la encarnación del fantasma de las navidades pasadas! De las más antiguas... Justo en el aniversario de la muerte de mi padre, como cada diciembre. Me costó unas horas quitarme sus telarañas del espíritu. Siempre procuro irme en estas fechas, que me producen un sarpullido interior, pero este año, con la presentación del libro y algunas dudas materiales, no reaccioné a tiempo y cuando me di cuenta los billetes ya eran demasiado caros. Así que pasaré sólo tres o cuatro días de navidades algo punkies, muy cerca, pero al menos estaré al otro lado de la frontera y creo que será divertido. Y cuando pueda intentaré escaparme a algún sitio más lejano, aunque mis arcas están tristemente menguadas.
Ayer estuve en RNE, La vida en verde, un programa ecológico en la ciudad del cemento, para hablar de La plaza del azufaifo y otros árboles. Me habría gustado poder hablar un poco más, se quedaron cosas importantes fuera, tengo la sensación de que dijimos lo mejor cuando no estábamos en antena o tal vez yo no estaba en mi mejor forma; el lunes estará la entrevista colgada en la web del programa. Los estudios están en esa zona tan extraña de Roc Boronat, llena de edificios espantosos y gigantes, donde han extendido la fealdad terriblemente y se organizan de modo tercermundista con los restos históricos, con los descampados, árboles y casitas, y contrastan mal con la belleza de las antiguas fábricas, a las que no resaltan sino humillan sin entenderlas los arquitectos mediocres que allí han construido, al contrario de lo que ocurre, por ejemplo, en Berlín. Como no es un barrio para peatones, sino pensado para los coches, tuve que buscar un camino oculto, por Tànger y Alí Bei para alejarme de allí a pie sin ser pisoteada.
Después pasé de nuevo por la galería Tagomago, donde Manel Armengol firma su espléndido libro Terrae (también esta tarde a partir de las 19h) y rodearme de nuevo de esas imágenes islandesas me confortó. Más tarde tenía una cena en la Barceloneta para celebrar el premio de periodismo Pirene que recibió el suplemento Cultura/s y allí estuve. Pese a los tiempos que corren, la atmósfera era bastante alegre y estaba casi todo el mundo. Me alegraron los comentarios de Sergio Vila-San Juan sobre mi libro, el tono y la memoria de los años ochenta.
Por cierto que un crítico al que conozco me escribía esta mañana:
Bel: ayer terminé de leer tus relatos de Algunos hombres... La composición de todos ellos está bien articulada, sin alardes literarios, clara y expresiva, casi coloquial. Expresan acendradamente los sentimientos y emociones que quieres transmitir: las dificultades vitales de una autoeducación sentimental, el valor de la amistad, los contradictorios vínculos familiares, el ansia por vivir (si exceptuamos el capítulo del intento de suicidio), el vértigo de una época... Son relatos intimistas y evocativos de los que emana una cierta nostalgia por la épica de nuestra juventud -cuando teníamos fe en ciertas ideas y utilizábamos el cuerpo como un campo más de experiencia- conjugada con aquel tiempo histórico efervescente. Enhorabuena, hasta pronto. A.H.
Yo agradezco muchísimo su lectura, que siempre es inteligente y precisa; disiento de la idea de lo literario que parece desprenderse de ese comentario, aunque es un email, no una reseña escrita con tiempo. Lo cierto es que he intentado integrar fragmentos "callejeros" en mi escritura y para mí, la sencillez aparente es resultado de un trabajo deliberado de poda, como aquello que explicaba Truman Capote en su prólogo de Música para camaleones, y de una musicalidad de las frases, que me arrastra en los cuentos y sin la que no podría escribir. Tiene razón en que no hay "alardes": justamente yo busco una verdad literaria, en la que nada me suene impostado ni pretencioso, en la que domine una coherencia interna formal y de sentido. La estructura de los cuentos refleja ese trabajo subterráneo, aunque a veces sea inconsciente durante el proceso. La interrogación sería entonces: ¿qué significa literario para cada uno?
Luego él ha matizado su comentario, así:
Como tú bien dices, es un email escrito de corrido con todas las limitaciones que ello implica. Ciertamente, en mis alusiones a tus relatos faltan cosas importantes, como la topografía (lugares, espacios, recorridos simbólicos / emblemáticos / lúdicos) de la Barcelona de entonces, que actúa como urdimbre de lo narrado. También hay una coherencia de carácter (un devenir, una asimilación de experiencias, una maduración del alma) entre la joven y la madura protagonista. En mi correo no intentaba aludir a tu quehacer literario. Pienso que el tono de tu escritura es el apropiado con el contenido narrado y no pongo en duda el trabajo de "poda" y "ajuste" que has empleado y que se advierte. Me importaba más señalar tu capacidad para transmitir sentimientos, emociones, así como representar contextos. Esa capacidad es la que, fundamentalmente, cualifica al escritor.
Me ha gustado lo de la topografía, creo que es el punto que siempre interesa a Eph. Hace un día gris, más mediterráneo y menos helado y seco que estos días de vientos del norte. Aprovechando la huelga, G. se ha ido temprano con su tabla, a buscar olas... y ha vuelto diciéndome que el mar estaba muy frío (por el viento de estos días), que al entrar, las manos se le helaban, pero al moverse se le ha pasado y ha cogido algunas buenas olas... La gata ha vuelto a dormir en su caseta de la terraza. Jordi Llovet ha escrito una de sus bonitas piezas sobre Una historia inmortal de Dinesen (restituida por O. Welles) en el Quadern de El País (no hay link). Lean aquí mi artículo sobre Natsume Soseki. Yo sigo leyendo para mi ensayo de las escritoras, contra reloj.

lunes, noviembre 30, 2009

Yo sé que he llegado tarde a la escritura

Foto: I.N, La Diagonal y sus árboles amenazados por el ayuntamiento, 2009
Y tal vez no pueda resistir, pensaba hoy mirando a un indigente refugiado en el metro, y acabe yo también a la intemperie. Iba andando dolorida de mi sesión matinal en el dentista (obras en la boca, excavadoras horadándome con una vibración que sacudía y agitaba todas esas delicadas piezas diminutas que se alojan tras el laberinto del oído, la boca dolorosamente abierta tanto tiempo me hacía evocar cosas indecibles aquí, pero he sobrevivido y el remedio homeopático sigue ayudándome), dolorida también por la ciudad desventrada, por los árboles amenazados, por el patrimonio destruido y el inmenso parking en que están convirtiendo este país, y de pronto, al llegar a la Diagonal, envuelta en ese frío nuevo, que ha llegado hoy y muerde la cara y las rodillas y a veces me hace sentir vulnerable y otras se me antoja vigorizante (perfect for a brisky walk, diría mi amiga neoyorquina), el cielo de poniente tenía unas tonalidades malváceas que rodeaban la cúpula de la esquina con Rambla Catalunya y las copas de esos árboles amenazados por el ayuntamiento componían un cuadro maravilloso y yo pensaba: "No puede ser que destruyan esto", y lo pensaba invadida de la felicidad de esa contemplación (y ahora me parece una prefiguración; una amiga me acaba de avisar de que en La Vanguardia sale el resultado de la encuesta de Noxa: el 65% de los ciudadanos encuestados no quieren cambiar la Diagonal"!!! Por fin reina el sentido común).
Pensaba que he necesitado unos cuantos años para recomponerme, para romper el hechizo de mi infancia y liberarme de los demonios internos, he empezado a encontrar una voz ya un poco ronca, me dicen que no paro y me siento feliz de poder estar aquí, acabando y empezando libros, pero empezar tarde significa no tener la energía ni la resistencia o la paciencia de los veinte para ciertas penalidades y servidumbres. Yo sólo necesito un milagro, como el de Marina Tsvietáieva. Sólo necesito que algo me permita seguir hacia adelante y no tener que retroceder del todo.
Olvidaba decir que también llegué tarde al artículo de VM y lo he leído ya en lunes: no sólo la idea de vivir según lo escrito me resulta afín, sino que incluso me ha consolado la escena de Brighton con la cortina y los pensamientos agrios que no llegaban y las zapatillas de Muji bajando a comprar café al supermercado pakistaní. Desde la entradilla chejoviana produce el efecto inverso que los largos y letárgicos artículos de esos otros escritores que se sitúan fuera del misterio, en un consabido y feúcho olimpo sin ironía ni autoburla, impracticable y sin gracia para el lector dado a la interrogación.
G. ha vuelto de un Londres aún alternativo y squatter, un Londres desperdigado por los barrios, fuera del centro, pero que me recuerda a mi Londres de los 15 años, aunque todo sea mucho más duro para esos alternativos, siguen encontrando maneras, alejándose del centro. Y la belleza no es destruida como aquí. La gata Gilda le echaba de menos. El viento, este viento extraño, helado y seco
de estos días, golpea unos hierros en algún lugar por encima de nuestras cabezas, en alguna azotea... Llevo tres noches con sueños asombrosos, me despierto de madrugada, los anoto y por la mañana me maravillo al descifrar mi letra dormida, mi letra en la penumbra. En el ascensor de casa, alguien con muy mala letra a pesar de la luz ha escrito una declaración en el papel de la compañía del gas donde hay que consignar las cifras del contador: "Te quiero, Lourdes", ha escrito. Tal vez a Lourdes no le importe la letra aunque dice G. que será la broma de un tonto y que Lourdes no existe.

sábado, noviembre 28, 2009

La memoria, la escritura, las imágenes

Foto: Manel Armengol, Blafjall, Islandia
Ayer llegué un poco tarde a la presentación de Sarinagara, de Philip Forest, que conducía con la habilidad de un maestro oriental Mercè Altimir (profesora de literatura japonesa de la UAB, con formación psicoanalítica) tirando de algunas puntas del tejido de la novela o mejor desvelando, abriendo ventanas a esa escritura sobre la memoria, la pérdida, el duelo (que no por azar transcurría en Japón), y al explicar que los tres personajes que se unen en esa trama de autoficción: el poeta Kobayashi Issa, el novelista Natsume Soseki (me encantó cómo ella pronunciaba ese nombre) y el fotógrafo Yosuke Yamahata, habló de esas imágenes que se quedan con nosotros, que duelen. Sarinagara significa sin embargo y un poema de Issa (Issa es un seudónimo que significa, y Mercè Altimir aludió a la desconfianza y la ironía de Forrest sobre la filosofía y los estereotipos en muchas ocasiones: dicen que la vida es un río, pero uno no puede pararse en la orilla de los acontecimientos, sin embargo siempre puede pararse a tomar un té) introduce la novela, un poema escrito a raíz de la muerte de su hija, un haiku que dice algo así como que el mundo es rocío, y sin embargo, sin embargo... (me gustó el gesto de Mercè Altimir de pronunciar el nombre de la niña allí, muy claramente, Sata Kobayashi, junto al de su padre). Según Forest, ese haiku podría tener dos interpretaciones: el mundo es efímero y sin embargo la vida sigue, o ya sabemos que el mundo es efímero y que todo puede perderse, pero yo no estaba preparado para esta pérdida. Forrest estaba en Japón intentando dejar atrás la muerte de su hija, materia de sus dos novelas anteriores, y en una librería de Kioto le asaltó ese poema de Issa, ese libro escrito por la pérdida de otra hija. Forest habló de esos gestos del azar aparente que uno decide tomar como signos, a veces irónicos, del destino (o del inconsciente, diría yo) que nos llevan, si los aceptamos, por otra dirección más interna. Así el libro no fue conscientemente buscado, sino que los tres personajes de esa novela de autoficción le llegaron, le visitaron. Y entre medio está su narrador, el que recibe esos signos y los utiliza para decir/se. Vio un documental americano que intentaba buscar los supervivientes 50 años después de la bomba de Nagasaki y encontraba a la entonces joven madre que en medio de las ruinas, el humo y la radiación amamantaba a su bebé (y sin embargo...) y el bebé resultó haber muerto poco después de la bomba, pero la madre (sarinagara) había sobrevivido, y el fotógrafo le entregaba la foto de su bebé; esas imágenes que se quedan con nosotros, en nuestro interior. Ese fotógrafo, contaba Altimir, que encargado por el ejército imperial de fotografiar las guerras anteriores no retrató nada de los horrores que vio, sino sólo la gloria imperial, pero al ser enviado a Nagasaki sí retrató aquel dolor. Y Soseki, que había perdido un hijo y así lo escribió en una novela. Ese Natsume Soseki que, como dijo Altimir, hizo de puente: recogía la tradición clásica (escribía poemas en chino), pero leía a los poetas anglosajones y abrió el camino de la renovación literaria y lingüística japonesa. Mercè Altimir habló de la memoria y de esas imágenes internas que nos siguen acompañando, pero también hablaba de la (re)escritura y conectaba con mis pensamientos al llegar. Y Forest habló de Kenzaburo Oe, que logró construir toda su obra a partir del hecho del nacimiento de su hijo enfermo y logró que todos sus libros fuesen diferentes y eso era otro mensaje para mí, que volvía de ver -en un encuentro, una conversación con hilos luminosos y otros difíciles- a mi antigua psicoanalista y de hablar del duelo de mi libro y de lo que queda ahí aprisionado y de mi interrogación de qué me han dejado esos encuentros, qué queda de ellos en mi silencio momentáneo de ahora, en la obligada dicotomía vital de mis fantasías y en mi extraña, inconsciente elección vital. Y para mí, la idea de esa pérdida de Forest que compartían los tres personajes japoneses es algo inconcebible, que no puedo ni nombrar ni mucho menos imaginar, algo mucho más terrible para mí que mi muerte. Así que cuando oí hablar de ese sarinagara (sin embargo) del rocío y el bebé muerto y las imágenes que duelen estuve a punto de echarme a llorar, y pude formular mi pregunta con bastante torpeza, y el autor negó de entrada, temiendo caer en un estereotipo, pero luego fue dándome la razón de por qué Japón y de esa facilidad de los japoneses para ritualizar y expresar y hablar de la pérdida y del duelo y del pathos sin dejar de ser modernos, sin la parte peyorativa del patetismo en Occidente. Estaba V., que sí pudo preguntar y comentar mucho más atinadamente que yo. Altimir habló de la suave ironía y el humor que están dentro de la novela, en la propia melancolía de esa memoria y esa pérdida. Y de la distancia de los estereotipos del saber occidental sobre Oriente, y de la universalidad de lo japonés: son como nosotros, sufren como nosotros.
Busqué Sarinagara en francés (porque me canso corrigiendo mentalmente las traducciones u objetando, traduciendo a la inversa), pero no estaba, así que me compraré la de Sajalín. El editor de Sajalín me preguntó si yo era la autora del libro balcánico y me contó que le había gustado mucho. Y yo pensé en una imagen que me había transmitido la que fue mi analista al decirme que había ido viendo mucha gente leyéndolo en el metro, siempre muy concentrados y abstraídos en ese libro. Y el editor me preguntó si me había costado, cinco años viajando, cuánto trabajo, y yo le dije que no, que la pasión arrastraba y que sí que en cierto momento pensé que nunca lo acabaría, pero de pronto me di cuenta de que se había acabado solo, y Mercè Altimir lo oyó y se rió. "¿Se acabó solo?" Y sí, es verdad, fue como si lo hubiera acabado alguien aparte de mí; fue en Luxemburgo, refugiada entre libros en el cálido apartamento de Ninca, con silencio y cornejos que discutían en los tejados y nieve, de pronto comprendí que había terminado y que sólo tenía que volver.

jueves, noviembre 26, 2009

Libros y guiños

Foto: I.N., Escaparate del librero de la calle Berlinès, con Kafka y Casanova, Herta Muller y las lecturas de jeunesse de Tournier, entre otros, esta mañana
Anteayer fui a la presentación de dos libros de Carles Hac Mor, Regoc, Himnes del no-ésser y uno de Ester Xargay con imágenes de Vicenç Viaplana, Eixida al sostre. De camino a Laie pasé por Llibres del Mirall y pesqué una bonita edición de las Cròniques de l'ultrason y L'estació de J.V. Foix (de Quaderns Crema) y las Opiniones del gato Murr sobre la vida, de E.T.A. Hoffmann (recomendado por E.C.). Me puse a leer mientras andaba, contagiada del humor surreal de Hoffmann-editor de su gato escritor y sus comentarios supuestamente incluidos malgré lui y que el gato Murr aprende a escribir con esfuerzo y para componer su libro va rasgando hojas de la biografía del director de orquesta Kreisler (así inspiró a Schumann su obra para piano Kreisleriana), y esas hojas arrancadas se imprimen alternadamente, por error, con sus Opiniones en el libro final. Cuando levanté la vista del libro descubrí un escenario recóndito para mi libro de la ciudad, y luego otro, pero no llevaba cámara, así que anoté adónde debía volver.
La presentación de Hac Mor-Xargay fue brillante, Xavier Garcia y Jordi Marrugat deslumbraron con su análisis de la obra de Hac Mor y votaron por una necesaria edición de sus Obres Completes y Xargay leyó un poema, un convaleciente Hac Mor leyó un texto ajeno (con sus comentarios a modo de apostillas irónicas y aceradas), Viaplana mostró las imágenes y todos discutieron del orden con que debían hablar, y un niño habitual se ocupó del ruido de fondo. Y flotaba esa luminosa estructura deconstruida de las palabras reaprendidas en un alfabeto desconocido, como aquel que aparece ante los ojos insomnes de Foix.
Luego me fui, leyendo a Foix maravillada porque esas crónicas oníricas (con misteriosas damas extraordinarias que mueven los ojos com qui espargeix herba y que le entregan ramos de flores y le invitan a seguirlas de noche hasta lugares lejanos e ignotos) me hechizaban y porque me parecía leerlas como si las hubiera escrito para mí, haciéndose eco de mis pensamientos (Tanqueu amb forrellat la porta quan truquen aquells a qui corca l'enveja!) y cuando salí del metro en la plaza Joaquim Folguera, una vez más entre esos preciosos almeces (que el ayuntamiento va a cortar para agravar más el déficit de árboles por habitante de esta pobre ciudad) y que hasta ahora celebraban al poeta, y en ese momento leí: "Teníem un engany, però, animats per l'aparició mig borrosa de la figura d'En Joaquim Folguera, que va decidir per on calia anar, vam avançar, brandó encès i alçat enlaire, tot recitant-nos els uns als altres versos inèdits a mig to."
Anoche volví al viejo Velódromo con otra Isabel y estuvimos depar
tiendo y despotricando y contándonos, y aunque la contemplación de los espejos tras la barra y el tragaluz y los billares y todo lo que restituye la historia del lugar me alegraba el espíritu, sentíamos la presencia de ese público de aire analfabeto y tosco que ha sustituido al de antes y a aquellos camareros auténticos que aún recuerdo. En cierto momento bajaron la iluminación y subieron el volumen de la música hasta extremos de discoteca y el público empezó a aglomerarse de pie en la entrada, un tanto absurdamente. Entonces nos fuimos.
Hoy he seguido un consejo de Pere Gimferrer y he conseguido un libro de Raymond Roussel, Comment j'ai écrit certains de mes livres, donde Roussel, con su humor surreal, revela un procedimiento que pudiera servir a muchos escritores, consistente en tomar dos palabras similares, como billard y pillard, hacer dos frases casi idénticas con ellas y construir un cuento que empezara con una y acabara con la otra. Por lo visto Gimferrer tradujo ese libro intraducible para Tusquets hace años, auténtico desafío lleno de juegos de palabras como trampas que tal vez sólo un poeta lograse superar. El libro incluye dos guiños para mí, que no he podido evitar leer en el metro: "Bel-et-Bon" (donde mi nombre se asocia al balido como en el poema que me dedicó Hac Mor) y "Raymond Roussel et les echecs dans la littérature" (lo he leído como punición por mi licencia con Duchamp y la sustitución del ajedrez por cartas en mi primer cuento). Pero luego he vuelto a mi deber y me he puesto a leer a Isabelle Eberhardt para completar mi ensayo, trasladándome automáticamente al desierto y sus ksars, a Aïn Sefra (donde murió, con la lluvia de barro que hundió su gurbí) y a Oujda y la melancólica monotonía de los países de arena y las letanías de los sutras, interrumpidas siempre por lo inesperado.

martes, noviembre 24, 2009

La mirada

Petrus Christus (1410-1472/73), Retrato de una joven dama, c. 1470

Yo pensaba que había visto en vivo este retrato en la National Portrait Gallery, pero me equivocaba. Fue en Berlín, pero antes conocía ya a esta niña holandesa de una gran exposición en Milán, en 1998, que mostraba el retrato a través de toda la historia de la pintura. En Berlín compré la postal (consuelo de los pobres) y la tengo en la estantería, desde donde me mira. Es una niña, vestida para el retrato, y tiene una expresión inteligente y melancólica, algo disgustada y desdeñosa. E.C., que había contemplado ese retrato mucho más que yo (La meva enamorada! dijo), me señaló que estaba peinada con el pelo tirante hacia atrás para achinarle los ojos y también me mostró que si divides la cara verticalmente, cada lado, cada ojo, tiene una expresión distinta.
En una web supuestamente de arte leo que Christus era discípulo de Van Eyck pero que sus retratos "no muestran la vida interior" del maestro. Yo naturalmente disiento. Ferozmente. ¿Acaso esta mirada no está llena de vida interior? Pero los críticos que olvidan la existencia de su subjetividad exponen (sin firmar!) sus opiniones y su forma de mirar o de leer como si fueran hechos inobjetables. Esta niña me mira desde la estantería con toda su contención silenciosa y reflexiva y la rígida teatralidad impuesta sobre su cuerpo pequeño, y me cuenta su historia. Me he acostumbrado a rodearme de imágenes que me recuerdan e interpelan y ella es una de mis favoritas. Hay imágenes pictóricas, fotografías, figuras protectoras (como Derrida) o de otro tipo (como un deconstruido Lenin, o como Marilyn Monroe o Hepburn-Golithly-Brennan) o fotos de los lectores abstraídos de Kertész. Un poco más allá, hay un libro que siempre tengo a la vista, titulado Fes memòria, Bel, y que un librero-poeta-radiofónico amigo del azufaifo me regaló, sin duda para ayudarme a recordar algo importante, que tiene que ver con mi memoriosa escritura. Yo tenía un amigo que dejó de serlo porque a veces me detestaba sin razón aparente; él siempre decía que yo era memoriosa (como el borgiano Funes), aunque no es cierto: sólo recuerdo obsesivamente algunas cosas, mientras que para otras necesito esas miradas desde mis estanterías, y las páginas dobladas, y mis libros (para invocarlos, como James: "Oh, espíritu de Maupassant, ven en mi ayuda") y ciertas frases.
Éstos son días de impaciencia, de esa rara mezcla de angustia mezclada a la felicidad de echar al agua mis cuentos (en una barca de papel, como la del cuento de Andersen del valeroso soldado de plomo enamorado de la bailarina, que atravesaba las alcantarillas, la rata, el río y en el mar era devorado por un pez y rescatado en la cocina de la casa, y los dos se unían para luego ser arrojados juntos a la chimenea por el niño de la casa y fundirse en un corazón de plomo con brillos de strass), pero de pronto sale el sol en esta mañana silenciosa y me doy cuenta de cuántas miradas me rodean desde las estanterías, entre mis libros, pequeñamente, como dice Lichtenberg (La gran regla: si tus pequeñeces no son singulares en sí mismas, al menos dílas en forma pequeñamente singular). No me queda más remedio que aceptar que mi mirada o mis cuentos gustarán a unos lectores, pero irritarán a muchos otros. Sobre todo, me sorprende que necesiten decírmelo. Pero sin duda todo eso forma parte del juego. Y podría equilibrarse con los lectores que sí encuentran algo de valor en mi escritura y que no van a regañarme sino a disfrutar leyéndolos, y con la felicidad de que algunos de esos lectores sean lectores exigentes, con un criterio y una forma de leer que a mí me interesa. O con la sensación, releyéndolos, de que he hecho lo que quería, pequeñamente singular, mirada microscópico-literaria de hormiga de Figueres, y de que estoy en otro lugar de mi escritura respecto a Crucigrama (aquí hay un cuento, uno solo, en el blog de Antón Castro).
He ido a comer con mi editor, y me ha traído Carta a la madre y cuentos completos de Esther Tusquets y en el metro me he leído el estupendo retrato que le hace Fernando Valls en el prólogo.
Estoy leyendo en el Granta español una entrevista de Jhumpa Lahiri a Mavis Gallant, que me llegó ayer (las dos escritoras me gustan), y esta mañana me han llegado dos libros más de Natsume Soseki (acabado y entregado y añorado Henry James, ese libro maravilloso), quisiera concentrarme en ese autor, pero también tengo pendiente leer más, investigar más para completar mi ensayo surgido de las conferencias con Lydia Oliva, que se publicará, si todo va bien, en primavera. Y mi libro de la ciudad también está ahí, y a ratos palpita y me llama, sobre todo por la calle. En cuanto a la novela... a veces vuelven esos gestos cotidianos que me devuelven violentamente al tiempo de esa novela, y ahí necesito toda mi energía y mi coraje para meterme en el foso, escarbar, podar, extraer, organizar, encontrar una estructura nueva.