Foto: I.N., Un joven sin cabeza sentado en un parque, Perpignan, 2009
Se acabó mi fuga navideña, por necesidades presupuestarias y otros requerimientos. Lo he pasado muy bien, andando bajo árboles gigantes, viajando en trenes (cuando la huelga lo permitía) por Languedoc, visitando un museo que monta bien sus exposiciones, saboreando deliciosas ensaladas que aquí no existen, y sobre todo, calmando mi pobre espíritu envilecido en BCN, ya que deambulaba por ciudades donde no hay basura en el suelo, sino sólo aire y lluvia, donde la gente no grita en la calle ni en ningún sitio (el otro día comíamos en un restaurante atiborrado, con esa avaricia del país vecino -eso sí- que les lleva a aprovechar cada milímetro de espacio, de forma que apenas puede uno llegar a su sitio sin empujar al de al lado, y sin embargo, ¡no oíamos las conversaciones ni siquiera de las mesas contiguas! No oíamos a los niños, que los había, pero educados, a diferencia de lo que ocurre por estos lares), y ni siquiera los grupos de adolescentes que salían de noche alzaban la voz en la calle, y donde no cortan los árboles como aquí, sino que les dejan crecer a su aire y los cuidan como algo valioso.
Lo he pasado bien refugiada en periódicos franceses (en un artículo de Libé, un arquitecto explica los planes de plantar aún más árboles en París para combatir el cambio climático y explica que han comprobado que en los veranos muy calurosos hay 8 grados de diferencia entre París y la banlieue y sólo se deben a los árboles, la verdure, como dicen ellos, de modo que se proponen plantar más en esos barrios... Yo leía y comparaba tristemente a la política municipal de aquí, que incluye la tala de todos los plátanos -el 70% de árboles de la ciudad-, la tala de la Diagonal, la tala de todas las arboledas elegidas para la ampliación de la línea 9, ya que aquí, al contrario que en París, no hay que preservar árboles, ni patrimonio, sino parkings, lo único que valoran nuestros políticos municipales-, sin poder evitarlo), refugiada en tiendas francesas (yo encuentro tesoros en los supermercados gabachos, tienen las cosas que me gustan a mí... Además de los precios... Curiosamente, las farmacias francesas son más baratas que las de aquí, un paquete de kleenex vale 0,30 euros en una farmacia francesa y 0,70 en una española, ¿por qué?; los medicamentos homeopáticos valen una tercera parte (tres cajas de oscilococcinum por el precio de una española, los productos de herbolario y naturopatía también, y no digamos las verduras: las lechugas y tomates son mucho mejores y con mejor precio, los alimentos biológicos -o ecológicos o dietéticos o como quieran llamarlos- están también en los supermercados, y los panes negros de semillas y levadura madre, y hay mucha más variedad de todo, tés maravillosos, infusiones de verbena en todos los bares...), en librerías; cualquier pequeña ciudad tiene librerías interesantes y hospitalarias donde pasar horas entre libros y en cuanto al paisaje humano, me parece francamente mucho más sugerente. De modo que lo he pasado estupendamente, he retratado árboles gigantescos que pondré por aquí, árboles que reinan, se estiran y arquean en danzas asombrosas, árboles que parecen recorrer parques y calles a grandes zancadas en cuanto una se da la vuelta.
Celebramos nuestra no-navidad en un lugar civilizado, donde no era obligatorio someterse a ritos familiares, donde parejas o gente solitaria o amigos cenaban también sin más en la terraza de un restaurante, protegida y caldeada por las estufas, para placer de fumadores...
En cuanto a Perpignan o Perpinyà, era un paisaje de mi infancia. Cuando vivíamos en Figueres, lo comprábamos casi todo allí y era tan distinto el mundo rico y pétillante del otro lado de la frontera del triste y pobretón cutrerío de la España franquista... Para mí aquel era el mundo, el mismo que representaba la televisión, pues sólo veíamos la francesa (L'homme invisible!), el mundo libre y humano, el mundo de la cultura y del chocolate y las galletas... Como aquella visión de Le Boulou, que un día comentaba L.: al lado español, un colmado cutre y triste, con dos o tres productos rancios, estilo el de Manolito de Mafalda, y al lado francés, uno lleno de mil variedades de galletas y yogures y chocolates y tantas otras cosas, y yo siempre me preguntaba quién compraría en el lado español... Y más adelante, en la adolescencia, íbamos a comprar los libros del Ruedo Ibérico o a ver películas prohibidas que no pescáramos en aquellos improvisados cine-fórums. ¡Y no había vuelto! Pero algunos lugares despertaron mis recuerdos, como la cúpula acristalada de lo que ahora es la Fnac y antes eran unos almacenes que frecuentábamos, al fondo de la calle que se abre en la estación...
Y volvimos anoche, por suerte a la aún bonita estación de Francia (a pesar de ese suelo tan feo que le pusieron hace unos años), en lugar de la fea, grasienta y maloliente Sants. Eso sí, llovía a mares y no había un solo taxi. Tuvimos que esperar un buen rato para salir de allí, y yo, con la maleta, una bolsa de papel con mis libros, no me sentía con energía como para echar a andar bajo el agua, sin mano para sostener el paraguas.
En estos días sin ordenador he leído el melancólico e inteligente Botchan (compartiendo con él ese desencaje del mundo y disintiendo de quienes se empeñan a comparar a su narrador con el Holden Caufield de Salinger), y el aún más melancólico Kokoro, donde lo no-dicho, la reserva y el silencio se convierten en la parte más espinosa de la soledad, que acaba siendo dramática, y también he leído Obra suspendida de Evelyn Waugh, con esa deliciosa ironía suya y esa fluidez o ese dominio para contar lo que quiere, y su forma de burlarse del espíritu tacaño y mezquino de sus compatriotas y (a pesar de algunos momentos misóginos) su retrato de la mujer inteligente de la que el protagonista se enamora sin apenas esperanza, la mujer de su mejor amigo (¿que parece inspirado en Orwell?), ya augurando su Brideshead Revisited, una auténtica joya, que he leído bien traducida por María Maestro (con buen castellano, a pesar de algún anglicismo discutible, pero nada molesto, casi a reivindicar, como "puerta francesa" por French Window y en vez de la fea "puertaventana") y editada deliciosamente por Treviana. Quelle merveille. Me he reconciliado con Waugh, que me irritó en sus frívolos Diarios hace unos años. Y leí un trozo del arbóreo Un roi sans divertissement de Giono (me encanta la portada de Mylnikov que han puesto en la edición de Folio), y un poco del gracioso Saki. Reprimiéndome fuertemente, no me compré más que libritos diminutos, de esos que los franceses venden a 1, 2, 3 o 6 euros, algo inexistente en nuestro país, y autorizándome sólo libros que necesitara con urgencia para ayudarme a resolver mis problemas puntuales de escritura. Por ejemplo, La Parure y La Maison Tellier de Maupassant, y tres ensayitos de Stevenson que leeré absurdamente en francés, pero que Rivages poche (me encanta esa colección) había reunido como Devenir écrivain. Mientras, sigo leyendo Soshiro. Ah y me dieron ganas de comprarme esa serie psicoanalítica en 14 dvd's donde colaboran Elisabeth Roudinesco, François Roustang y tantos otros, Être Psy.
En cuanto a la foto de esta entrada, ¿qué puedo decir? Me cayó muy simpático ese pétreo joven sentado en el parque, melancólicamente descabezado, o con la cabeza en otra parte, tal vez en las nubes, como yo misma ("Hombre con los pies en el suelo u hombre con la cabeza las nubes, ésa es la alternativa". T.W. Adorno). Dice G. que ayer fue a buscar olas y que el mar estaba helado. En cuanto a la gata Gilda, se puso muy contenta de verme. Ah, cómo me ha gustado el artículo de Joan de Sagarra en La Vanguardia de hoy sobre la navidad y Francia... no puedo sentirme más afín y eso me hace gracia. Si hace veinticinco o veintisiete años, cuando coincidí con él en una mesa de banquete de unos premios culturales y se metió conmigo con su extraña ferocidad, me hubieran dicho que iba a compartir sus afinidades, no lo habría creído. Pero luego, su visión de la ciudad, su afrancesamiento, su manera de leer y de contarlo me han ido cautivando, hace un año o dos escribió sobre mi libro de una forma que no podía no gustarme, y aunque no comemos ni bebemos las mismas cosas, su artículo de hoy encaja perfectamente con mis interrogaciones no sólo sobre la navidad como un espíritu asociado a algo no familiar, sino a un país ajeno donde uno puede sentirse libre, o a la infancia. Y ese gato triestino llamado Maurizio, al que le gusta Bing Crosby... No se lo pierdan. Y me he reservado para este momento el artículo de su primo Enrique en El País.





